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homilias

31 de marzo y 1 de abril de 2018

Díptico de Resurrección

Vigilia Pascual y Domingo de Resurrección

Díptico de Resurrección
Pedro y Juan corriendo hacia el sepulcro. E. Burnand. Museo d’Orsay (Paris)

I. LA “NOCHE” QUE BRILLÓ MÁS QUE EL SOL

Vigilia de Pascua

El Sábado Santo adelanta las horas, como el amor acorta la espera, y concentra todas sus miradas en la noche: ¡Noche de Pascua! En la oscuridad y el silencio de la muerte estalla un grito, que propaga el centinela que anuncia la luz del día en la vigilia de la noche: ¡Aleluya, ha resucitado el Señor!

Y el anuncio va de corazón a corazón de los que, como torres vigías,  han aguardado la aurora de la Pascua.

¡Aleluya!, pregón de fe: el velo de las tinieblas y la duda se rasgó para que la Luzbrotase a borbotones en la noche de Pascua.

¡Aleluya!, susurro de alegría: la Vidaha vencido a la muerte, y se pasea entre cánticos armónicos de paz y dulzura.

¡Aleluya!, clamor de sorpresa: ¡No está aquí, ha resucitado! El vacío del sepulcro es el signo luminoso de su presencia. Y la Alegríase extiende al mundo como dulce bálsamo.

¡Aleluya!, lamento de esperanza: el dolor ya no es la herida que habita la antesala de la muerte, es sólo un paso momentáneo al Jubilo del encuentro con el Dios de la vida.

¡Aleluya!, gemido de amor: el silencio del desamor humano ha saltado en pedazos ante el beso de Amordel Padre que ha resucitado al Hijo, que nació de las entrañas de una Virgen.

¡Aleluya!, gritamos a coro…Tú y yo, también, somos protagonistas de este anuncio: ¡Resucitó por mí, porque murió por mí!

¡Estamos salvados!Ya podemos caminar con la frente alta: somos un pueblo redimido. No tenemos que esconder nuestro rostro ante la culpa de haber entregado a la muerte al mejor de los mortales, el Hijo de Dios encarnado. Dios, Padre de la vida, ha resucitado a su Hijo y nos lo entrega de nuevo como Hermano y Señor.

¡Aleluya! es el eco, que nos lleva hasta el día de Pentecostés, cuando el Resucitado en eterno abrazo con su Padre, nos envíe el Espíritu, que encenderá en nuestros corazones el fuego que alienta la fraternidad de la Iglesia. Ella, como madre, nos acompañará en la inclemencia de la tierra y nos conducirá  hasta la justicia del Reino.

Somos «testigos, no visionarios». A nosotros no se ha aparecido. Pero, el Resucitado no es un fantasma, se hace más cercano aún al hombre: junto al mar, parece un ribereño; en el huerto del sepulcro, un hortelano; en el camino de Emaús, un viajero solitario. El Resucitado, que un día compartió la historia humana en el cuerpo frágil de Jesús de Nazaret, sigue vivo y encarnado entre nosotros:  podemos verle, cada amanecer, en la humanidad del pobre y desvalido; y reconocerle, al atardecer,  «al partir el Pan».

II. EL «DÍA» QUE CONTAGIA ALEGRÍA

Domingo de Resurrección

El domingo de Pascua, al quebrar la aurora, con el eco aún de la Pasión, María Magdalena sale presurosa al sepulcro para apretar su mejilla en la fría roca del sepulcro y respirar el bálsamo de la presencia oculta del Maestro. Pero encuentra la losa corrida. Echa a correr, despavorida, y alarma a Pedro y Juan:  «¡Se han llevado del sepulcro al Señor!».

Los dos apóstoles, corren juntos al sepulcro. El discípulo amado, joven y en volandas por el amor al Amigo, llega primero y espera. Entran los dos y ven el sudario y las vendas… sin el cuerpo del Señor. La ausencia les abre los ojos: «vieron -sin ver- y creyeron».

María Magdalena, queda absorta junto al sepulcro vacío. Y en su loca huida, se topa con otro madrugador del alba, al que confunde con el hortelano. Le pregunta si él ha sido el ladrón. Y al oír,en boca de aquel hombre, su nombre: «¡María!», se detiene el latido de su corazón y grita, en susurro de amor: «¡Maestro!».  El rocío de la mañana, en cada hoja de primavera, testifica el reencuentro de Jesús Resucitado con María Magdalena, la mujer pecadora, a la que el Nazareno restituyó a la dignidad de persona al sentirse mirada y amada con limpieza, sin pedir nada a cambio.

Nosotros, hoy, tambiénmadrugamos la mañanay la fe nos acerca  a la tumba. En sepulcral silencio, nos mira el ángel de la esperanza y nos anuncia: «hoy es Fiesta, el Hijo de Dios, al que enterrasteis con vuestro pecado, el Amor de su Padre le ha devuelto a la vida. ¡Hoy es la fiesta de las fiestasporque el Señor ha resucitado!».

Así se llama a la Pascua en una antigua liturgia oriental: «fiesta de las fiestas». Sólo de ella brota la verdadera alegría que puede animar cualquier otra fiesta, porque si Cristo no ha resucitado, la muerte tendría la última palabra sobre la vida; y nuestras fiestas terminarían siempre con el sabor amargo de la angustia de querer retener «el tiempo que nos amenaza con las horas contadas».

La Pascua de Resurrección proclama el inmenso gozo de descubrir y experimentar el perdón insondable, incondicional y eterno de Dios, que nos libera del poder de la muerte. La muerte es el único poder con el que no puede ni el dinero ni la astucia humana: sólo el infinito amor de Dios ha vencido a la muerte. Y el peor pecado es precisamente no aceptar, no confiar ni creer en la Resurrección de Cristo que nos resucita a la dulzura de su amor.

La Resurrección expande la alegría, como el sol difunde la luz. Desde la Resurrección de Cristo vivimos en la esperanza de una vida eterna anunciada para todos. Y nadie debe ser excluido de esta fiesta de Pascua, en la que se nos desvela la verdad última de todo, el misterio profundo de la existencia, el milagro de la vida plena que nos aguarda.

Desde la Pascua, nadie está solo. No hay vacío ni caos al final de los días, porque como dice el apóstol Pablo: «¡Nada nos separará del amor de Dios! Ni muerte ni vida». La Pascua es una declaración de amor de Dios a la soledad del ser humano.

Felicitémonos, hermanos: ¡Felices Pascuas! Hoy, más que nunca, la primavera contagia la alegría, el primer fruto de la Pascua.

Alfonso Crespo.

Parroquia de San Pedro. Pascua 2018

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