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homilias

9 AGOSTO 2026

LO IMPOSIBLE: ANDAR SOBRE EL AGUA

XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

TEXTOS: 1R 19,9-11; Sal 84; Rom 9,1-5; Mt 14,22-23

Andar sobre el agua

Una hermosa enseñanza sobre la fe. El episodio del evangelio de hoy: Jesús acercándose a sus discípulos, andando sobre el agua, y el intento de Pedro de acortar la distancia, echándose él también a caminar sobre las olas, en una hermosa enseñanza sobre la fe. El apóstol se lanza al agua confiado en sus propias fuerzas y, al hundirse, termina suplicando al Maestro: Señor, sálvame. El evangelio continua: Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: hombre de poca fe, ¿por qué has dudado? Tener fe, se asemeja mucho a andar sobre las aguas…

Con frecuencia pecamos de soberbios: creemos ser tan inteligentes que queremos palpar el misterio de Dios y encerrarlo en el cuenco de nuestras manos. El hombre ya desde el primer momento de la creación quiso ser «como Dios». Pero somos criaturas. Y ello significa limitación, aceptar que hay algo o alguien que nos desborda y sobrepasa. Se requiere la humildad «del que sabe que no lo sabe todo». En este filo difícil de la humildad inteligente es donde se instalan los principios de la fe: creer es aceptar, en la limitación de mi inteligencia y en la generosidad de mi corazón, que hay «algo o Alguien» que me sobrepasa.

Pero los cristianos somos un pueblo privilegiado: nuestra fe no se queda en el duro trabajo de querer desentrañar algo misterioso, querer conocer desde mi limitación lo que me sobrepasa. Para el cristiano, es el misterio el que se aproxima a él y se le hace familiar. Ese algo que intuimos desde nuestra débil razón, se nos convierte en Alguien luminoso y arcano, grandioso y tiernamente cercano: para el cristiano, el misterio se acerca en la persona de Jesucristo y se nos ofrece como un don gratuito de Dios Padre, no como una conquista personal de mi razón y mi esfuerzo. Dios nos tiende el puente de la fe para llegar a él: al don de Dios en Jesucristo, el creyente responde con el obsequio de su fe.

Dios continuamente se ha acercado al hombre, desde la revelación de todos los tiempos, a través de la naturaleza de la creación, del sentido de la historia, de la gran revelación al pueblo de Israel. Pero este Dios, a veces lejano y abstracto, se ha acercado de forma definitiva a nosotros en Jesús de Nazaret. El Espíritu ilumina nuestra fe para hacerla cristiana al reconocer, en aquel niño de Belén, al Salvador del mundo.

El evangelio de hoy nos narra el episodio entrañable en el que Pedro quiere caminar sobre las olas para acercarse a Jesús. Pero duda y se hunde. La mano del Maestro le rescata. Esta escena es un canto a la fe. La fe no significa seguridad; en la fe hay más de amor que de razones frías. Y donde hay amor hay que aquilatar la fidelidad, superando las propias dudas. El amor es conquista diaria, y no basta que ayer te amara si hoy no intensifico mi amor.

No hay fe sin dudas. La duda no es pecado, es sólo un acompañante natural de la fe: aún más, las dudas hacen la fe más luminosa, siempre que el creyente responda a la duda con la defensa del don de la fe recibida. Creer no es pisar tierra firme sino caminar sobre las olas… y ello, sólo es posible si descubro que es Jesús quien me sostiene y susurra: ¡No tengas miedo!

La fe nunca está exenta de dudas. La fe no es una conquista sino un regalo de la gracia de Dios, que tengo que cuidar. ¿Lucho para que mi fe venza mis dudas?

Alfonso Crespo Hidalgo

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