
Venimos a adorar al Rey
Epifanía del Señor
(Mateo 2, 1-12)
Esta es la estampa que se repite año tras año:
niños y mayores, llenos de alegría viendo las cabalgatas de reyes
que discurren por pueblos y ciudades.
¡Qué bien han sabido inundarnos de ilusiones materiales!
Todos esperamos el regalo, o los regalos,
que en la mañana de este hermoso día
nos dejan junto a los zapatos.
Los magos que llegaban de Oriente buscaban al Rey que había nacido.
Para presentarle sus respetos.
Sin esperar nada a cambio.
No querían puestos de mando en el nuevo reino que iba a implantarse.
Eran hombres sabios que se pusieron en camino
nada más recibir la noticia.
Fueron directos al palacio real de Jerusalén,
pues era lógico que hubiera nacido allí el nuevo rey.
¿Desilusionados cuando les dijeron que no era allí,
sino en un pueblecito cercano llamado Belén?
Allá se fueron. Encontraron al que buscaban.
Y le ofrecieron sus regalos.
El regalo, Señor, eres tú, que te acercas a mí,
aunque a veces yo me esconda de ti.
El regalo es que estés siempre a mi lado,
animándome a seguir caminando si estoy cansado.
El regalo eres tú cuando perdonas
una y otra vez mis fallos, que son muchos.
El regalo eres tú cuando me dices que no sea cobarde
y me das fuerzas para afrontar retos.
El regalo, el gran regalo,
es ese amor que cada instante recibo de ti
desde que vine a este mundo.
Aunque a menudo no sepa ser agradecido, Señor,
hoy sí te digo gracias
por tanto amor que me das
y, aunque sea una nimiedad, recibe lo que soy, poco y sin valor,
y transfórmame en mejor persona.
José Serrano Álvarez
(Rezando al caer de la tarde)





