
Les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre
Domingo II de Navidad
(Juan 1, 1-18)
Yo quiero ser futbolista famoso,
dice un pequeño.
Otro, algo más mayor, aspira a ser cantante
“porque salen en la tele y ganan mucho dinero”.
Hasta hay padres que animan a sus hijos a escoger el camino de la gloria humana.
la que se alcanza con la suerte
y no exige esfuerzo personal…
Muchos adultos, también se arrepienten de no haber elegido bien qué ser en la vida.
Parea los que creen,
el famoso a imitar eres tú, Jesús.
Viniste para amarnos,
y para que nosotros nos amemos
pues somos hijos del mismo Padre Dios.
A menudo, Señor, me cuesta identificarte en el hombre harapiento
con el que me cruzo al ir a rezar al templo,
y no te veo en el rostro de la mujer que pide una limosna
sentada en un taburete a la entrada del supermercado.
Me cuesta, es cierto, reconocerte
en tantos y tantos hombres y mujeres, mayores y niños
a los que ni siquiera miro…
Y tú nos tienes dicho que todos esos son hermanos míos
pues son, como yo, hijos de Dios.
Tengo que aprender a cada instante
que debo limpiar mi corazón de miedos,
pobredumbres y telarañas
que me impiden verte en cada ser humano,
sea rico o pobre,
vista elegantemente o esté cubierto de ropas raídas,
hable mi idioma o no entienda lo que dice…
Hazme comprender, Señor,
que al ser hijo de Dios tengo que amar más a mis hermanos.
Que cada amanecer descubra que no puedo ir a ti intentando salvarme solo,
si no llevo conmigo a los demás,
si no reconozco que todos somos hijos de Dios.
José Serrano Álvarez
(Rezando al caer de la tarde)





