
¿Puedo dedicar un tiempo de mi vida a amar y otro a olvidarme de que convivo con personas que necesitan ser amadas? ¿Puedo ponerme límites a la generosidad que estoy obligado a ejercer? ¿Puedo conformarme con dedicar unos minutos de mi día a hacer algo de bien y el resto olvidarme de mis responsabilidades como creyente? Quien de verdad quiere ser cristiano y seguir a Jesús ha de tener siempre presente que el amor no tiene fecha de caducidad y el servicio a los que están necesitados ha de ser permanente. Como permanente es el amor de Dios a cada uno de nosotros.
“Mujer, ahí tienes a tu hijo”
VIERNES SANTO
(Juan, 18, 1-19, 42)
La imagen hace que broten las lágrimas:
Una mujer joven sostiene en sus brazos
el cadáver destrozado de su niño pequeño,
que ha muerto por el impacto de las bombas.
¿En Irán? ¿En Gaza? ¿En Ucrania? ¿En Sudán? ¿En Pakistán? …
No importa en qué país.
Es una madre que ha perdido a su hijo.
Como otros miles de madres que ven cómo la guerra,
el odio o la delincuencia les arrebatan sus hijos, grandes o pequeños,
matándolos con crueldad.
Hoy es día de dolor en silencio.
La escena se narra con todo detalle:
Jesús, el hijo de María, colgado de un madero
en el que ha sido clavado, como si fuera un criminal
que ha cometido graves delitos.
A los pies, unas mujeres y el discípulo que le seguían fielmente.
Entre las mujeres, su madre con el corazón destrozado
porque el hijo de sus entrañas está muriendo
en medio de atroces dolores.
No pueden hacer nada,
solamente sufrir y llorar por el crucificado.
Y de la boca de Jesús salen palabras de consuelo y esperanza:
“Ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre”.
¡Qué gran regalo nos dejaste, Señor!
Nos diste a tu madre para que fuera madre de todos nosotros.
Lo escribiste de viva voz en tu testamento,
antes de morir colgado en la cruz.
Para que no estemos nunca solos.
Para que podamos acudir a ella siempre que queramos.
Para que nos sintamos cuidados por su cariño maternal.
También para que aprendamos a cuidarnos unos de otros,
ayudándonos en los momentos difíciles,
compartiendo los instantes de alegría,
siendo hermanos que se quieren
por encima de las diferencias que podamos tener.
Al darnos a tu madre por madre nuestra
nos haces hermanos tuyos.
Gracias, Señor, por tan gran regalo.
Ayúdame a no defraudarla a ella,
ni a defraudarte a ti.
Ayúdame a ser hermano de todos
para que podamos formar la familia que tú quieres.
José Serrano Álvarez
(Rezando al caer de la tarde)




