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homilias

28 de mayo de 2023

AL ANOCHECER DE AQUEL DÍA

Domingo de Pentecostés

TEXTOS: Hch 2,1-11; Sal 103; 1Cor 12,3-7.12-13; Jn 20,19-23

Cerrar puertas y ventanas… por miedo

Entre la oscuridad y el miedo. El Evangelio que hoy proclamamos, nos narra la situación de los discípulos después de la Resurrección de Jesús: al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos… Pero no solo caía la noche ante sus ojos, las tinieblas se habían apoderado también de sus corazones.

Y de pronto, entra Jesús y les saluda con el gesto amigo, casi cómplice: Paz a vosotros. Y como signo de confianza les enseña las heridas de las manos y el costado: ellos se llenaron de alegría al ver al Señor. La noche se convirtió en una aurora de luz. Y se rompen la cerrazón de las puertas, y de sus mentes, con la recomendación del Maestro: como el Padre me ha envidado, así también os envío yo… Y dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo… Y les concede el poder divino de perdonar los pecados.

Celebramos la fiesta de Pentecostés, que cierra este sagrado tiempo de cincuenta días que inauguramos con la fiesta de la Pascua. Pentecostés, es la fiesta que celebra el don del Espíritu Santo a los apóstoles, los orígenes de la Iglesia y el comienzo de su misión a todas las lenguas, pueblos y naciones. Pentecostés es la fiesta «de la fuerza que viene de lo alto»: en Pentecostés, la fuerza del Resucitado se convierte en aliento misionero; el aliento del Espíritu, convierte el corazón timorato y acobardado en un corazón joven y arriesgado: «convirtió a aquellos discípulos de medrosos refugiados en misioneros audaces».

«Dejarse llevar por el Espíritu»,  es el secreto del seguimiento de Cristo. Pablo lo indica con palabras concretas: Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Pero este dinamismo, que conforta el alma y da valentía para vivir, se convierte a su vez en fuerza evangelizadora. El Espíritu nos hace misioneros del Evangelio, sin miedo.

El Espíritu es también el gestor de la unidad y la comunión en la Iglesia: somos un solo cuerpo porque todos bebemos del mismo Espíritu. Una iglesia dividida por ideologías humanas, es una iglesia que ha traicionado a su Maestro. Pablo nos describe la acción múltiple del Espíritu, que se derrama en diversidad: hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos… Pero reclama como prueba de que nuestra actuación está inspirada por el Espíritu, la construcción de comunión: Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común…  El Señor soñó una Iglesia unida, y Pablo la describe con una imagen muy cercana: lo mismo que el cuerpo es uno solo y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. La unidad brota de que Cristo es nuestra cabeza y nosotros miembros de su cuerpo: ¡y nadie sobra!

Es necesario trabajar la comunión como la mejor fuerza evangelizadora. El Espíritu del Señor es nuestro mejor aliado. Invoquemos al Espíritu con una estrofa de la hermosa Secuencia de Pentecostés:

Ven Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo, Padre amoroso del pobre; don en tus dones spléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo.  

Alfonso Crespo Hidalgo

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