
El evangelio de hoy parece arrancado a un cuento. Casi nos suena a leyenda oriental: Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo». Hasta aquí, el relato del evangelio. Luego, la piedad popular ha completado la escena. Los Magos son tres: uno blanco, otro amarillo y otro negro. Es una profecía del mosaico de las razas humanas: todas, ya desde el inicio, están invitados a contemplar al recién nacido Hijo de Dios, al Mesías Salvador, porque la salvación ha llegado la salvación.
Herodes, sobresaltado porque le ha aparecido un rival, otro rey, informa a los Magos que según la profecía el Mesías debería nacer en Belén. Los invita a llegar hasta allí y que, si lo encuentran, vuelvan… para ir él también a adorarlo, dice con intenciones ocultas.
Los Magos se ponen en camino y la estrella que los guía se para ante el portal. Los pastores acaban de irse. Reina el silencio y la intimidad de la Sagrada Familia. Qué maravilla de nacimiento: ¡sin exclusivas publicitarias! Estos Magos, reyes con poder y dinero, no se asombran ante el cuadro encontrado: una mujer con un niño, y de cuna un pesebre. Ellos superando kilómetros y tiranos como Herodes, superan sus propios criterios y quedan rendidos ante el pobre de Belén. En representación de todos los que a lo largo de los tiempos buscarán al Señor, ellos «le contemplan admirados»: es el asombro de la fe.
Los Magos, con su adoración, descubren al Dios que se esconde en la debilidad de un niño. A ellos se ha manifestado primero el Señor, pero ellos mismos son ya una manifestación de Cristo Salvador: Dios quiere mostrar a su Hijo a todos los hombres, de todas las razas. A los pies de la cuna del Mesías ponen sus ofrendas: oro, incienso y mirra». El oro nos señala la realeza del niño, el incienso su divinidad y la mirra su humanidad.
Hoy, repetiremos con insistencia: ¿Qué te han traído los Reyes? Y narraremos con alegría los regalos recibidos. Pero preguntémonos también: ¿Y qué puedo yo regalarle al Niño Dios? Os invito a revestirnos de «cuarto rey mago» y llevarle el oro de nuestra existencia, o sea la libertad de seguirlo por amor, respondiendo a su llamada; a elevar hacia él el incienso de nuestra oración ardiente, para alabanza de su gloria; a ofrecerle la mirra, es decir el afecto lleno de gratitud hacia él, verdadero Hombre, que nos ha amado hasta morir… Adoremos en el Niño al Único Dios verdadero, rechazando cualquier idolatría.
Cada uno tenemos una estrella que nos guía a través de la noche de los sentidos a la claridad de la aurora de la fe. Dios no deja a nadie sin su epifanía, sin su manifestación, con signos como estrellas, que son besos divinos. Los Reyes Magos no son una leyenda ni un cuento fantástico… Es una verdad cargada de enseñanza: Dios se ha hecho Niño y juega con todos nosotros, en el día a día de nuestras vidas, sin mirar el color de la piel o el país de origen. Y si no lo creéis: ¡preguntad a las estrellas!
Levanta la mirada al cielo y escoge una estrella. Descubre la presencia de Dios hecho Niño que se acerca, quiere jugar con nosotros y alegrarnos la vida: ¿Quiero jugar?
Alfonso Crespo Hidalgo