
«El que no carga con la cruz no es digno de mí. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí»
XIII T. ORDINARIO
(Mateo 10, 37-42)
Dicen que cada persona tiene su cruz,
aunque la mayoría no quiere cargarla sobre sus espaldas.
Quien más, quien menos, procura dejarla a un lado.
Es más placentero vivir alejado del sufrimiento,
de los problemas,
de las incomprensiones
y de todo aquello que supone sacrificio.
No te andas con paños calientes, Señor.
En el fondo, nos dices, a los que queramos escucharte,
que el premio no se gana sin hacer nada,
sino que debemos poner de nuestra parte
esfuerzo y compromiso serios.
Y que antes que los amores humanos,
debemos preocuparnos de amarte a ti.
El camino para ir tras de ti,
o al lado tuyo,
no está sembrado de rosas.
Más bien, al contrario:
hay subidas y bajadas,
pendientes peligrosas
y recovecos oscuros donde uno puede perderse.
Tú quieres, Señor, que el que te sigue sea fiel.
Es lo que me pides a mí:
que te siga llevando mi cruz,
hecha de esfuerzo por ser mejor persona,
renunciando a tantas cosas que me apetecen
pero que no me convienen.
La cruz que debo cargar es la rutina de cada día,
procurando despojarme de mis egoísmos
y buscando servir a los demás
como tú quieres que sean servidos.
Es la cruz del amor sin límites
que termina transformándose en gozo inmenso
cuando lo que hago es lo que me pides tú.
Una cruz que unos días me resulta más pesada
y otros muy liviana.
Sé tú mi cirineo,
ayudándome a seguirte sin vacilar.
Ayúdame a llevar la cruz de cada instante
para ser coronado contigo.
José Serrano Álvarez
(Rezando al caer de la tarde)





