
«Todos estamos invitados»
XXVIII T. ORDINARIO
(Mt 22, 1-14)
Muchas personas, cuando reciben una invitación
para asistir a una boda,
se lo piensan.
Que si los gastos del regalo,
que si comprar traje,
que si…
Hay bastantes invitados que buscan disculpas para no aceptar.
Siempre encuentran motivo para justificar su rechazo.
A veces, los invitados quedan tan reducidos que el festejo pierde casi todo su esplendor y los novios no disfrutan de la fiesta como habían programado.
Un rey casa a su hijo y quiere celebrarlo por todo lo alto:
Dice a sus gentes: “Salid a invitar a estos, a los otros…
Que la fiesta sea para todos”.
Qué evangelio el de hoy más sorprendente.
En el fondo es la expresión de la manifestación del amor de un padre
que se vuelca en la boda de su hijo y desea que todos disfruten
fiesta que es tan importante para él y su familia.
Los primeros invitados
y los segundos… declinan la invitación.
No, no asistir a la boda del hijo del rey.
Todo un desprecio.
Incluso llegan a maltratar a los emisarios.
Mas el rey, porque es padre bueno, no se da por vencido:
“Salid a los caminos e invitad a todos los que encontréis, inteligentes o torpes…
No importa si son ricos o pobres,
altos o bajos… Que vengan, que es la boda de mi hijo”. Invitado estoy a esa boda, Señor.
Porque así lo has querido.
La boda en la que tu Hijo se entrega por mi
para que yo sea también hijo tuyo.
Mas alguien no va con las vestimentas adecuadas:
“Sacadlo fuera, porque no lleva el vestido adecuado.
No es digno de esta celebración”.
A los primeros los descartas porque no aceptaron la invitación
generosa que les enviaste personalmente.
Y al que iba con vestimentas inadecuadas,
entre los muchos que sí vestían dignamente,
lo sacaste del salón del banquete.
Porque lo que hoy me quieres decir es que debemos ser dignos
en nuestras vidas para poder disfrutar de la fiesta que nos preparas.
Debemos ser dignos sirviéndote a ti
y ayudando a los que están al lado nuestro.
Ayúdame a llevar el traje que me haga estar dignamente entre los invitados,
aunque esté en el último asiento.
José Serrano Álvarez
(Rezando al caer de la tarde)





