homilias

7 de octubre de 2018

No es bueno que el hombre esté solo

XXVIl del TIEMPO ORDINARIO

TEXTOS: Gn 2,18-24; Sal 127; Hb 2,9-11; Mc 10,2-16

No es bueno que el hombre esté solo - XXVIl del TIEMPO ORDINARIO

 

El relato del Génesis nos deja esta sentencia: “no es bueno que el hombre esté solo”. Así se expresa el relato bíblico, con un lenguaje lleno de simbolismos, al relatarnos la creación del mundo y del hombre y la mujer. Prisionero de su tiempo y de la cultura de entonces, el relato adolece de un lenguaje centrado en lo masculino. 

Hay que encuadrar cada relato en su tiempo.  Pero lo realmente valioso es el mensaje que trasmite, un mensaje universal en el espacio y el tiempo: el libro del Génesis nos dice que Dios creó al hombre y a la mujer. Y añade que los creó “a su imagen y semejanza”, esto es, iguales en dignidad y derechos: son los derechos de los hijos e hijas de Dios. 

Pero hay en todo el relato una idea que se repite, como la voz baja de una canción polifónica: Dios crea al hombre y la mujer por amor. Y así Dios rompe su aparente soledad. Hasta Dios, que lo tiene todo, se manifiesta deseando tener compañía. Y nos crea como hombres y mujeres para romper la soledad y enriquecernos con el lazo del amor. Un lazo que se expresa en amistad, en matrimonio y en familia.

En el fondo, el canto de la creación es una denuncia de la soledad: “no es bueno que el hombre esté solo”. Y hombre y mujer, todo el género humano, se presenta como una gran familia a la que se le regala la naturaleza, el tiempo el espacio para su disfrute.

Y Dios creó la pareja, “hombre y mujer los creó”, para que desarrollasen la vocación al amor a la que hemos sido todos llamados. Un amor de generosidad y entrega al prójimo, al alcance de todos, y un amor que construye la familia, desde la riqueza de la entrega mutua del hombre y la mujer; amor que recrea la paternidad de Dios. 

Pero para nadie es un secreto que el matrimonio es hoy una institución agredida. Quiere quebrarse su significado original. Quiere llamarse matrimonio a lo que simplemente se debería llamar pareja. Hoy los cristianos, debemos manifestar con claridad lo que es para nosotros el matrimonio, y ofrecerlo con valentía a una sociedad que anda algo confusa. 

El matrimonio cristiano es algo más que la ruptura de la soledad del individuo; algo más que irse a vivir juntos, o compartir inquietudes… El matrimonio cristiano es “sacramento”, o sea, un signo visible del plan del Dios sobre el hombre y la mujer. Dios llama, a muchos hombres y mujeres a construir, en la mutua entrega, una familia que haga presente el amor de Dios. Una familia abierta a la vida, que regale a la Iglesia y a la sociedad el don maravilloso de los hijos.

“No es bueno que el hombre esté solo”, afirma el Génesis; pero, hoy, habría que afirmar también que, hablando del matrimonio, no vale cualquier compañía. 

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