Eucaristía

¿Por qué hay que ir a Misa el domingo?

“La Eucaristía es el sacrificio del Cuerpo y de la Sangre del Señor Jesús, que Él instituyó para perpetuar en los siglos, hasta su segunda venida, el sacrificio de la Cruz, confiando así a la Iglesia el memorial de su Muerte y Resurrección. Es signo de unidad, vínculo de caridad y banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la vida eterna” (Compendio, n. 271).

Desde el punto de vista de la Iniciación cristiana, la Eucaristía es el Sacramento que culmina el proceso de iniciación. Precisamente porque el Bautismo y la Confirmación nos han configurado y hecho Cuerpo de Cristo, la Eucaristía es el símbolo de esa unidad. Así escribía San Agustín: “Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros. Sí, pues vosotros sois el cuerpo de Cristo y los miembros de Cristo, lo que está sobre la santa mesa es un símbolo de vosotros mismos… sed lo que veis y recibid lo que sois”.

Cuando se trata de una persona adulta que quiere hacerse cristiano, después de recibir el Bautismo y la Confirmación, se le invita a participar en la mesa de la Eucaristía, incorporándose plenamente a la comunidad cristiana. La Primera Comunión, que se recibe al final de la infancia, hemos de verla como el “inicio” de una participación que está llamada a crecer gradualmente.

 La Eucaristía, “fuente y cumbre de la vida cristiana”

La Eucaristía es “fuente y cumbre de toda la vida cristiana”, nos dice el Concilio. Los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua.

Por otra parte conviene recordar que Eucaristía y Caridad van siempre juntas. La Iglesia es Palabra, Comunión y Servicio de la Caridad. Es la comunidad de creyentes que escucha la Palabra de Dios y la proclama a todos, intenta vivir en la comunión del amor, y ha recibido la misión de servir a los hombres. Es, en la Eucaristía, donde principalmente la Iglesia se hace Palabra, comunión y servicio de la caridad. En la celebración se hace oyente de la Palabra de Dios proclamada en las lecturas, recibe el amor de Dios entregado en Jesús, para que, como familia de Dios, pueda vivir la comunión del amor y entregar a los hombres ese amor hecho servicio.

La frase que, al final de la Eucaristía, dice el sacerdote a los fieles: “podéis ir en paz”, es un saludo que pretende ponernos en marcha para que, al volver al quehacer cotidiano, ofrezcamos a los hermanos el amor que en el altar hemos recibido y proclamemos al mundo la buena nueva de la Palabra que hemos escuchado.

Significado del precepto dominical

Por todos estos motivos, el domingo ayuda a los cristianos a recibir mejor la acción de la gracia divina en sus vidas y a responder a ella más generosamente. La realidad humana y cotidiana del hombre exige que interrumpa el trabajo de cada día para dedicarse a los bienes del espíritu, entre los que sobresale la consagración de la propia existencia a Dios. El descanso, por otra parte, es también oportunidad para realizar el bien y dedicarse al servicio de los demás y al apostolado.

La Iglesia, consciente de estos valores, ha determinado con solicitud amorosa y con autoridad la santificación del día festivo. De este modo concreta la voluntad divina expresada en el tercer precepto del Decálogo: “santificar las fiestas”.

El precepto dominical orienta a los fieles hacia la fuente de la fe y de la vida de la Iglesia: la asamblea festiva en torno a la Palabra de Dios y al Sacrificio eucarístico. La participación en esta celebración permite a los cristianos descubrir su propia identidad y les hace capaces de vivir en comunión con sus hermanos y entregarse a su tarea en la sociedad humana. El precepto tiene además un valor pedagógico para ayudar a vencer la pereza y el olvido, contribuyendo a la toma de conciencia de los fines religiosos y espirituales a los que sirve.

Nos advertía el papa Benedicto XVI: “En efecto, la vida de fe peligra cuando ya no se siente el deseo de participar en la Celebración eucarística, en que se hace memoria de la victoria pascual. Participar en la asamblea litúrgica dominical, junto con todos los hermanos y hermanas con los que se forma un solo cuerpo en Jesucristo, es algo que la conciencia cristiana reclama y que al mismo tiempo la forma. Perder el sentido del domingo, como día del Señor para santificar, es síntoma de una pérdida del sentido auténtico de la libertad cristiana, la libertad de los hijos de Dios… De este día brota el sentido cristiano de la existencia y un nuevo modo de vivir el tiempo, las relaciones, el trabajo, la vida y la muerte”. (Sacramentum caritatis, n. 73).

Es necesario que la instrucción a los fieles sobre la obligatoriedad personal del precepto festivo vaya apoyada en los auténticos motivos de la santificación de las fiestas, y que se eduque en el sentido profundo de la obligación interior del cristiano, que debe obrar no por imperativos legalistas sino, sobre todo, movido por el amor y la fidelidad al Señor.