Celebrar nuestra fe

Vivir y celebrar nuestra fe

Vivir y celebrar nuestra fe

A todos nosotros nos habría gustado vivir en la época de Jesús, ser testigos de la cercanía del Maestro, de su palabra, haber escuchado sus parábolas, y haber sido testigos de la celebración de la Última Cena, la primera Eucaristía. Ciertamente, Jesús Resucitado está junto al Padre, pero ha querido que todas las personas de todos los tiempos, puedan tener un contacto vivo con él. En esto consiste la Liturgia y los sacramentos: son las mediaciones que permiten hacer presente hoy a Jesucristo entre nosotros y entablar un contacto personal y vivo con Él.

 1. La Liturgia en el Catecismo de la Iglesia Católica

El Catecismo de la Iglesia Católica contiene una exposición orgánica y completa de lo que ha creído y cree la Iglesia, en su conjunto y de manera segura. Un Catecismo no entra en discusiones ni se aventura en opiniones discutibles, expone pacíficamente lo que está reconocido por la Iglesia como expresión de la revelación de Dios, contenidos y exigencias comunes de la fe cristiana, apostólica y católica.

Este Catecismo es un compendio de la Doctrina de la Iglesia, su dogma y su moral, las verdades de la fe y las normas del comportamiento cristiano, y quiere acercar el Adepósito de nuestra fe” (las verdades en las que creemos) a la realidad de hoy, al lenguaje y las circunstancias de nuestro tiempo. La fe no cambia, ni el dogma, pero si puede revestirse de un nuevo lenguaje que lo haga más comprensible a las gentes.

Una visión panorámica de la fe cristiana para el mundo de hoy

La lectura sosegada del Catecismo nos devuelve una visión panorámica e integral del conjunto de la fe cristiana que a veces las polémicas o las oleadas de opinión de cada momento nos hacen perder de vista.

En esta exposición de la fe están incorporadas las adquisiciones del Concilio Vaticano II, en el método, los contenidos, la atención a las cuestiones que plantea nuestro mundo de hoy. La actualidad de la doctrina de la Iglesia no consiste en decir lo que el mundo quiere que digamos, sometiéndonos a sus gustos y conveniencias; hay que transmitir fielmente la enseñanza de Jesús, teniendo en cuenta las inquietudes y planteamientos de la hora presente, pero sin disimular las diferencias.

Un Catecismo a gusto de la cultura dominante hubiera sido infiel a Dios y desleal con los hombres. Un Catecismo para el mundo de hoy, no es lo mismo que un Catecismo al gusto de hoy.

Las cuatro partes fundamentales del Catecismo

El Catecismo contiene como cuatro libros, íntimamente relacionados y profundamente unidos: el primero, nos expone la fe que profesamos; el segundo, nos explica el sentido y significado de la celebración comunitaria de la fe y los sacramentos; el tercero, nos enseña las exigencias de la vida cristiana y la guía de las normas de la moral; y en el cuarto, se nos introduce en la oración del cristiano y se nos explica bellamente la oración de los cristianos, el Padrenuestro. 

La primera parte: “La profesión de la fe”: Se exponen las “verdades de nuestra fe”. Se trata de adentrarnos en una catequesis que desemboque en dar razón de la fe que profesamos. Contiene dos secciones. En la primera, titulada “Creo-Creemos”, se expresa el profundo significado de la fe cristiana, personal y comunitaria: la Revelación de Dios al hombre, en la Escritura y la Tradición y la respuesta humana de la fe (Catecismo, nn. 26-184).

En la segunda sección, confesamos el misterio de una fe que es trinitaria, “Creo en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo”. (Catecismo, 185-1065). En ella, se explican los llamados Símbolos de la fe, haciendo un recorrido sobre las verdades que profesamos en el Credo y que recitamos en la celebración festiva de la Eucaristía. La fe que profesamos se alimenta y celebra en la Iglesia.

La segunda parte: “La celebración del misterio cristiano”. Se explica la razón de ser de la celebración de la fe: la fe profesada es una  Afe celebrada@. En la primera sección, se nos expone cómo en el tiempo presente, el tiempo de la Iglesia, Cristo manifiesta, hace presente y comunica su obra de salvación mediante la Liturgia de su Iglesia, “hasta que el Señor venga” (1Co 11,26). Cristo actúa en el tiempo de la Iglesia a través de sus sacramentos, esto es lo que se llama “La Economía sacramental”(Catecismo, nn. 1076-1209). En la segunda sección, bajo el título “Los siete sacramentos de la Iglesia”, se hace un recorrido sobre el significado teológico y salvífico de cada uno de los Sacramentos de la Iglesia. Trata, primero, de los Sacramentos de la Iniciación Cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía; en un segundo momento, habla de los llamados Sacramentos de curación: Penitencia o Reconciliación y Unción de Enfermos; y por último, nos habla de los llamados Sacramentos al servicio de la Comunidad: el Orden y el Matrimonio (Catecismo, nn. 1210-1690)

La tercera parte: “La vida en Cristo”. Nos reclama la necesidad de que la fe profesada y celebrada, sea también “fe vivida y expresada”. Se trata de una exposición de la vida cristiana en su doble dimensión: vivencia espiritual y expresión moral. En la primera sección, “La vocación del hombre: la vida en el Espíritu”(Catecismo, nn. 1691-2051), después de presentar la vida en el Espíritu como la auténtica vocación del hombre, desarrolla temas tan fundamentales como la dignidad de la persona humana, la libertad, la conciencia moral, la justicia y el pecado, la ley y la gracia. En la segunda sección, “Los diez Mandamientos”(Catecismo, nn. 2052-2557), hace un recorrido sobre la Ley de Dios y los mandamientos. La fe vivida y celebrada, se expresa en la vida coherente de los cristianos. Como diría San Pablo: “si eres cristiano, actúa como tal”.

La formación religiosa de nuestro pueblo, a veces es fácil de manipular. Para mucha gente, por desgracia, la religión sigue siendo sólo la moral reducida a una visión negativa: se piensa que la vida cristiana, es sólo un código moral de prohibiciones. Se olvida que, antes que “exigencia”, la fe es “experiencia de Dios”. La fe es la respuesta humana al don de la gracia de Dios: aceptar el regalo de la Buena Noticia de la salvación de los hombres y mujeres de todos los tiempos.

La felicidad del hombre es el amor. En este sentido, la moral del Catecismo es la enseñanza sobre lo que es el amor. Los diez mandamientos son una exposición de los caminos del amor. Y para todo ello, el modelo es Jesucristo. El corazón de toda moral es el amor, y siguiendo siempre estas indicaciones nos encontramos inevitablemente con Cristo, “el amor de Dios hecho hombre”. La primera encíclica del Papa Benedicto XVI, Dios es amor, nos ha dejado esta bella reflexión: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” [1].Recordemos, con el gran místico San Juan de la Cruz: “A la tarde te examinarán en el amor”. (Catecismo, n. 1022).

La cuarta parte: “La oración cristiana”. Se dedica a exponer la “fe alimentada en la oración”. En la primera sección, “La oración en la vida cristiana”, (Catecismo, nn. 2558-2758) se nos introduce en el significado de la oración: qué es orar, la vocación universal a la oración, la tradición cristiana de la oración recogida en el Antiguo y Nuevo Testamento, y el mismo combate por orar.

En la segunda sección, “La oración del Señor: Padre nuestro”(Catecismo, nn. 2759- 2865) se desarrolla una bella exposición sobre “la oración que Jesús nos enseñó”. 

“Este es el misterio de nuestra fe. La Iglesia lo profesa en el Símbolo de los Apóstoles (primera parte) y lo celebra en la Liturgia sacramental (segunda parte), para que la vida de los fieles se conforme con Cristo en el Espíritu Santo para gloria de Dios Padre (tercera parte). Por tanto, este misterio exige que los fieles crean en él, lo celebren y vivan de él en una relación viva y personal con Dios vivo y verdadero. Esta relación es la oración (cuarta parte)”.(Catecismo, n. 2558).

A lo largo de nuestras exposiciones, vamos a tener muy en cuenta la segunda parte del Catecismo, siguiendo especialmente el Compendio del mismo.

2. La Liturgia: celebrar el Misterio de muestra fe en el tiempo de la Iglesia

La Liturgia nos invita a vivir la misma experiencia que vivieron los contemporáneos de Jesús a través del tiempo.

Eso se consigue mediante la Palabra de Dios con la que Cristo se nos comunica, el ministerio del sacerdote que preside la celebración, la oración con la que nosotros entramos en diálogo con él y, sobre todo, a través del Cuerpo y la Sangre del Señor en la Eucaristía.

De esta consideración se deriva la importancia de la Liturgia para la vida de la Iglesia y en concreto para la vida de nuestras comunidades.

Como dice un gran experto en Liturgia, el P. Jesús Castellano: “Cada comunidad por pobre y sencilla que sea, en cualquier lugar donde se encuentre, es una comunidad litúrgica, llamada para celebrar el misterio de la salvación; para hacer memoria de Jesús con la palabra, los signos, las oraciones, los gestos; para que baje el cielo a la tierra y suba la tierra al cielo. Por eso, es necesario que sepa lo que celebra y cómo celebra ese misterio del Señor”.

Para ello, debemos saber lo que significa cada cosa que celebramos y, ayudados también por los presbíteros, vivir la celebración litúrgica como un hermoso diálogo y comunicación con Dios, que nos dispone a entrar en comunión con los misterios del Señor a través de los sacramentos, signos visibles del misterio invisible de Dios.

Liturgia: una palabra rica y compleja

La palabra “liturgia” proviene de la palabra griega leitourghia[2]; pertenece a la cultura religiosa y social de Grecia, y significa “obra pública o del pueblo”: “un servicio de parte de y en favor del pueblo”. Esta palabra ha pasado a la versión griega de la Biblia. En la tradición cristiana significa que “el Pueblo de Dios toma parte en la obra de Dios”. 

El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica nos dice: “La Liturgia es la celebración del Misterio de Cristo y en particular de su Misterio pascual. Mediante el ejercicio de la función sacerdotal de Jesucristo, se manifiesta y realiza en ella, a través de signos, la santificación de los hombres; y el Cuerpo Místico, esto es la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público que se debe a Dios”(Compendio, n. 218).

Podemos decir que la Liturgia es la expresión más alta del diálogo entre Dios y los hombres, que culminó en el Misterio pascual, en la Muerte y Resurrección de Cristo, y que se actualiza en los sacramentos. En la Liturgia, Dios nos sigue manifestando el misterio de la salvación y santificación de los hombres y mujeres. Y éstos, responden con el culto: lo que Cristo vivió lo celebra la Iglesia y lo hace presente ahora para nosotros, en todo tiempo y en todo lugar.

La palabra “liturgia” en el Nuevo Testamento es empleada para designar no solamente la celebración del culto divino, sino también el anuncio del Evangelio y la vivencia de la caridad. La Liturgia, obra de Cristo, es también una acción de su iglesia. En la celebración litúrgica, la Iglesia, introduce a los fieles, a través de los sacramentos, en la nueva vida que nos ha traído el Redentor. 

La Liturgia “cumbre y fuente de la vida cristiana”

El flujo vital de la Liturgia, que es un diálogo de amor, de palabras y de obras, entre Dios y su Pueblo, convierte la celebración en un momento de llegada y de partida. El Concilio lo traduce con la expresión “cumbre y fuente” (Cf. SC 10): “la liturgia, acción sagrada por excelencia, es la cumbre hacia la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de la que emana su fuerza vital. A través de la liturgia, Cristo continúa en su iglesia, con ella y por ella, la obra de nuestra redención”(Compendio, n. 219).

La celebración litúrgica supone un antes y un después: la preparación adecuada, la catequesis y el compromiso personal en la vida diaria.

Oración y Liturgia

Cada celebración litúrgica es oración, porque participa de la incesante oración de Cristo “dirigida al Padre en el Espíritu Santo”. Es también oración de la Iglesia, puesto que en ella encuentra cada oración cristiana su fuente y su meta: oramos a partir de la Palabra que nos viene trasmitida y comunicada por la Iglesia y cada oración nuestra converge en la gran oración de la Iglesia, de forma especial en la Plegaria eucarística.

La Liturgia es oración, y la oración le ofrece a la Liturgia su fuerza, su inspiración vital; la gracia de la liturgia conduce a una continuidad en la vida, a una liturgia de la propia existencia completamente dirigida hacia Dios, a una oración personal coherente con un estilo de vida.

Catequesis y Liturgia

La catequesis es necesaria para una mejor comprensión de la Liturgia, de las palabras, de los signos, de los sacramentos, de los compromisos de vida cristianos. Así lo hacemos, con una catequesis sistemática, como preparación a los sacramentos de la Iniciación cristiana –Bautismo, Confirmación y Eucaristía-, e incluso a otros sacramentos como el Matrimonio. Sin la catequesis no se puede abarcar en su profundidad insondable la Liturgia.

Pero, a su vez, la Iglesia hace catequesis, es decir profundiza en el mensaje evangélico mediante la Liturgia que es catequesis activa: mediante la proclamación de la Palabra y la explicación de esa Palabra en la homilía, con los signos sacramentales, con la riqueza de aspectos del misterio de Cristo que, por ejemplo, presenta el Año litúrgico. Podemos decir que Cristo nos ofrece su catequesis en las celebraciones litúrgicas: Él es el Maestro que enseña, explica, actúa, perdona, santifica.  

Para comprender la Liturgia, en toda su rica profundidad, es necesario explicar sus palabras y sus signos. Es necesario una “mistagogía”, una catequesis que introduzca en el significado de los misterios. La catequesis mistagógica une a la explicación la iniciación a la experiencia: exige la docilidad de la fe, la sabiduría de la comprensión, el compromiso de la apertura total del corazón y de la mente, de los sentidos y de los sentimientos hacia cuanto se celebra. En una palabra: no se trata sólo de “saber quién es Dios”, sino de “experimentar y saborear su infinito amor hacia nosotros”.

Lex orandi, lex credendi”: la Iglesia cree como ora

La fe proclamada y la fe celebrada van juntas. Así lo ha predicado desde la antigüedad la Iglesia. La Iglesia “que cree y que ora” (Cf. DV n. 8) es el lugar de la profesión y de la celebración y experiencia de la fe.

Por una parte, la Liturgia es celebración de la fe que se profesa y por ello sus palabras y sus gestos, los símbolos y hasta los cantos, el modo mismo de celebrar tiene que responder exactamente a la fe de la Iglesia.

Por otra parte, “la Iglesia cree como ora”. De aquí la necesidad de una Liturgia viva para que cada celebración eclesial sea una proclamación constante y experiencia viva de la fe cristiana, ya que la fe no es simplemente una ideología, una doctrina o una práctica sino una vivencia del Misterio de Cristo en su Iglesia, una actualización del encuentro con el Señor y el Misterio de nuestra Salvación, mediante palabras, gestos, oraciones.

Podemos afirmar la perenne validez de la Liturgia que, a través de los siglos, es el lugar del encuentro de Cristo con su Iglesia, el momento en que se actualiza para cada uno de nosotros y para todos, en comunión eclesial, la Historia de la Salvación.

La liturgia nos hace protagonistas y contemporáneos del Misterio central de nuestra fe: la Muerte y Resurrección del Señor.

3. La Liturgia, obra de la Trinidad: “al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo”

El día de Pentecostés, por la efusión del Espíritu Santo, la Iglesia se manifiesta al mundo. El don del Espíritu inaugura un tiempo nuevo en la “dispensación del Misterio de la Salvación”: el tiempo de la Iglesia. 

En el tiempo de la Iglesia, por medio del Espíritu, la Iglesia hace presente y comunica ese Misterio de Salvación, ya realizado en la historia y en el tiempo y presente en la eternidad. Lo hace de una manera nueva, por medio de palabras y signos que se refieren a Cristo y con la fuerza del Espíritu. Lo hará hasta que Cristo vuelva y cese el tiempo de los sacramentos y de los signos para entrar todos en la gloria misma del Resucitado.  

La Liturgia de la Iglesia es siempre obra de la Santísima Trinidad. En ella, Dios Padre es bendecido y adorado como la fuente de todas las bendiciones de la creación y de la redención de los hombres por medio de Jesucristo su Hijo, que nos da el Espíritu Santo y sus dones[3].

El Padre, fuente y fin de la liturgia

Como respuesta de fe y de amor, la Iglesia expresa en la Liturgia la alabanza y la acción de gracias al Padre por todas las gracias y bendiciones recibidas, que culminan en la entrega de su propio Hijo como Salvador del mundo. La Iglesia ofrece al Padre el único Sacrificio que es digno de Él: el Sacrificio de su Hijo en la Cruz. 

El Padre es, pues, la fuente y el fin de la liturgia: “En la liturgia el Padre nos colma de sus bendiciones en el Hijo encarnado, muerto y resucitado por nosotros, y derrama en nuestros corazones el Espíritu Santo. Al mismo tiempo, la Iglesia bendice al Padre mediante la adoración, la alabanza y la acción de gracias, e implora el don de su Hijo y del Espíritu Santo” (Compendio, n. 221).

La obra de Cristo en la liturgia

La presencia de la acción de Cristo en la Liturgia de la Iglesia es fundamental. En la liturgia celebramos al Señor Resucitado en la riqueza de su misterio pascual y de todos los misterios de su vida. Cristo celebra con nosotros, y en nosotros, como único sacerdote y mediador. Su presencia asegura a nuestra celebración de la Eucaristía y de los otros sacramentos, a la liturgia de la palabra, a la oración comunitaria de la Iglesia, toda la eficacia de la santificación que viene del Padre y todo el movimiento de alabanza y de culto espiritual que el Espíritu hace brotar de nuestros corazones.

En la Liturgia de la Iglesia se celebra, actualizando, el memorial de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, el Misterio Pascual. Como dice el Concilio (Cf. SC 7), y recoge el Catecismo: “Cristo está siempre presente en su iglesia, principalmente en los actos litúrgicos. Está presente en el sacrificio de la misa, no sólo en la persona del ministro, ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz, sino también, sobre todo, bajo las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su Palabra, pues es Él mismo el que habla cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura. Está presente, finalmente, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: «dónde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20)” (Catecismo, n. 1088).

El Espíritu Santo y la Iglesia en la Liturgia

En la Liturgia, el Espíritu Santo es el pedagogo de la fe del Pueblo de Dios, el artífice de las Aobras maestras de Dios@que son los sacramentos de la Nueva Alianza. El deseo y la obra del Espíritu en el corazón de la Iglesia es que vivamos de la vida de Cristo resucitado. Cuando encuentra en nosotros la respuesta de la fe que él ha suscitado, entonces se realiza en nosotros una verdadera cooperación. Por esta cooperación, la Liturgia viene a ser la obra común del Espíritu Santo y de la Iglesia[4].

“En la liturgia se realiza la más estrecha cooperación entre el Espíritu Santo y la Iglesia. El Espíritu Santo prepara a la Iglesia para el encuentro con su Señor, recuerda y manifiesta a Cristo a la fe de la asamblea de creyentes, hace presente y actualiza el Misterio de Cristo, une la Iglesia a la vida y misión de Cristo y hace fructificar en ella el don de la comunión”(Compendio, n. 223).

La liturgia gira en torno a la celebración de los sacramentos

Toda la vida litúrgica de la Iglesia gira en torno a la Eucaristía y los sacramentos. Los sacramentos son signos eficaces de la gracia de Dios, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia, por ellos se regala y acrecienta la vida de la gracia de aquellos que los reciben con las disposiciones requeridas.

Los sacramentos se confiaron a la Iglesia; los sacramentos son de la Iglesia, porque existen “por ella” y “para ella”. Unida a su Cabeza que es Cristo, la Iglesia actúa como su cuerpo, como comunidad sacerdotal toda ella, gracias al Bautismo, y con el ministerio de los sacerdotes ordenados al servicio de la comunidad. La Iglesia es la “dispensadora de estos misterios del Señor”, que confieren la gracia a quienes se acercan con buena disposición.

Los sacramentos suponen la fe de los que los reciben, pero a la vez la fortalecen, la alimentan y la expresan con palabras y acciones. Sin embargo, la fe de la Iglesia es anterior a la fe de cada fiel. Porque los sacramentos hunden sus raíces en la misma acción de Cristo y en la fe profesada por los Apóstoles. 

Los sacramentos son “sacramentos de salvación”, son eficaces porque en ellos actúa la gracia de Cristo que nos redime y nos alienta “en la esperanza, llena de fe y de caridad”, de la venida del Señor. Los frutos de la vida sacramental son a la vez personales y eclesiales, porque se acrecienta la caridad de todos.

Agradeciendo a Dios el regalo de los sacramentos, que celebramos en y con la Iglesia, podemos hacernos unas preguntas sencillas y pedagógicas, siguiendo el Catecismo de la Iglesia Católica[5]¿Quién celebra los sacramentos? ¿Cómo celebrar? ¿Cuándo celebrar? ¿Dónde celebrar?

¿Quién celebra? “En la liturgia actúa el Cristo total, Cabeza y Cuerpo. En cuanto sumo Sacerdote, Él celebra la liturgia con su Cuerpo, que es la iglesia del cielo y de la tierra” (Compendio, n. 233).

Procuremos tomar conciencia, ante todo, de las personas que celebran la Sagrada Liturgia. El Catecismo nos ha dicho que Cristo, que es la Cabeza, celebra la Liturgia con su Cuerpo, que es la Iglesia. Se refiere a la Iglesia celeste y a la terrestre: una invisible y otra visible. Ordinariamente, no somos muy conscientes de este hecho. Sólo vemos la asamblea terrestre, los que nos reunimos en el templo; pero en las oraciones, en los mismos gestos, se hace referencia a que hay una comunión con la iglesia del cielo: los ángeles, los santos, en particular la Madre de Dios, los apóstoles, los mártires… Es la “comunión de los santos”.

La única Iglesia, la que peregrina y la que ya ha llegado a la meta, se une para celebrar con su Señor, el culto al Padre, por medio del Espíritu Santo. Así lo expresamos, especialmente antes de entonar el Santo en la Eucaristía, cuando decimos: “unidos a los ángeles y a los santos… cantamos el himno de tu gloria”.

En la celebración litúrgica de la tierra, toda la asamblea es “liturgo”, es celebrante. Pero cada cual según sus funciones. Todos los bautizados, como sacerdotes por la gracia recibida por el Bautismo, toman parte activa en la celebración, como Cuerpo de Cristo. Pero algunos fieles, los presbíteros ordenados por el Sacramento del Orden sacerdotal, representan a Cristo como Cabeza del Cuerpo (Cf. Compendio, n. 235).

¿Cómo celebrar? La celebración litúrgica comprende signos y símbolos que se refieren a la creación (luz, agua, fuego), a la vida humana (lavar, ungir, partir el pan) y a la historia de la salvación (los ritos de Pascua: la Muerte y Resurrección del Señor). Insertos en el mundo de la fe y asumidos por la fuerza del Espíritu Santo, estos elementos cósmicos, estos ritos humanos, estos gestos del recuerdo de la acción de Dios se hacen portadores de la acción salvífica y santificadora de Cristo. En la celebración sacramental las acciones y las palabras están estrechamente unidas. Las palabras acompañan y vivifican los signos, que hacen presente la acción salvadora de Cristo. (Cf. Compendio, n. 238).

El canto y la música también están en estrecha relación con la celebración litúrgica. “El que canta, reza dos veces”, decía San Agustín. A la hora de escoger los cantos de las celebraciones, se deben tener en cuenta estos criterios: cuidar la letra, que esté acorde con la doctrina de la Iglesia, inspirados preferentemente en la Sagrada Escritura y la misma Liturgia; se debe cuidar la calidad y la participación de toda la asamblea. (Cf. Compendio, n. 239).

Las imágenes sagradas presentes en nuestras iglesias, están destinadas a despertar y alimentar nuestra fe en el Misterio de Cristo. (Cf. Compendio, n. 240).

¿Cuándo celebrar? “El centro del tiempo litúrgico es el domingo, fundamento y núcleo de todo el Año litúrgico, que tiene su culminación en la Pascua anual, fiesta de las fiestas”(Compendio, n. 241).

El domingo, “Día del Señor”, es el día principal de la celebración de la Eucaristía porque es el día de la Resurrección. Es el día de la asamblea litúrgica por excelencia, el día de la familia cristiana, el día del descanso del trabajo.

El domingo es “fundamento de todo el Año litúrgico“, a lo largo del cual se celebran los Misterios de la vida del Señor. A lo largo del Año litúrgico, hacemos también memoria de la Virgen María y de los santos.

La Iglesia celebra también la Liturgia de las horas: Es una oración pública y común de la Iglesia. Por su medio, el Misterio de Cristo, que celebramos en la Eucaristía, santifica el tiempo de cada día. Se compone principalmente de salmos y otros textos bíblicos, y también de lecturas de los santos Padres y maestros espirituales (Cf. Compendio, n. 242-243).

¿Dónde celebrar?  “El culto en espíritu y verdad de la Nueva Alianza no está ligado a un lugar exclusivo, porque Cristo es el verdadero templo de Dios, por medio del cual también los cristianos y la Iglesia entera se convierte, por la acción del Espíritu Santo, en templos del Dios vivo”(Compendio, n. 244). Por la gracia de Dios, los cristianos son también Atemplos del Espíritu Santo, piedras vivas con las que se construye la Iglesia@.

Como comunidad, la Iglesia necesita templos para reunirse y celebrar, sobre todo la Eucaristía. Estas “iglesias”, como normalmente se denominan, parroquias y otros templos, son también lugares de recogimiento y de oración personal. Dentro de ellas, ocupa un puesto de honor el lugar en el que se encuentra el Sagrario o Tabernáculo, que debe ser especialmente cuidado. Es lugar de silencio, oración y recogimiento interior.  (Cf. Compendio, nn. 245-246).

Diversidad de ritos y unidad del Misterio

La inmigración nos ha mostrado una riqueza oculta de la liturgia: la variedad de sus ritos. Hemos visto, por ejemplo, como hay personas que hacen la señal de la cruz desde el hombro contrario al que lo hacemos los católicos. “El Misterio de Cristo, aunque es único, se celebra según diversas tradiciones litúrgicas porque su riqueza es tan insondable que ninguna tradición litúrgica puede agotarla. Desde los orígenes de la Iglesia, por tanto, esta riqueza ha encontrado en los distintos pueblos y culturas expresiones caracterizadas por una admirable variedad y complementariedad”(Compendio, n. 247)

La Iglesia, fundamentada en la fidelidad a la Tradición Apostólica, es “católica”, y puede integrar en su unidad todas las riquezas verdaderas de las distintas culturas, tanto occidentales como orientales, europeas o africanas…

En la liturgia hay elementos inmutables, por ser de institución divina, que la Iglesia custodia fielmente. Y hay otros elementos susceptibles de cambio, que la Iglesia puede adaptar a las diversas culturas (Cf. Compendio, n.249). 

4. La Liturgia, escuela de espiritualidad

La vida espiritual es una conjunción de catequesis, celebración y compromiso: lo que creemos, lo que celebramos y lo que practicamos, forman lo que podríamos llamar la espiritualidad, que es como el alma, la inspiración y la vivencia del Año litúrgico y de cada una de sus fiestas en particular, que inspiran y sostienen la experiencia personal y comunitaria de la fe. La unidad de vida – la armonía entre lo que creemos, lo que celebramos y lo que practicamos- es el camino de la santidad.

El Papa Benedicto XVI, en su exhortación apostólica Sacramento de la Caridad[6], sobre la Eucaristía como fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia, desarrolla un esquema siguiendo las tres partes del Catecismo, contempladas desde la Eucaristía: primero, Eucaristía, misterio que se ha de creer; segundo, misterio que se ha de celebrar; y, tercero, misterio que se ha de vivir. Desarrolla, bellamente la exigencia eucarística de que la fe profesada y celebrada, se exprese en una espiritualidad acorde, en un modo de vivir coherente con lo que profesamos y celebramos.

La Liturgia educa, desde una vivencia personal imprescindible, una espiritualidad comunitaria y colectiva, centrada en los misterios del Señor. Promueve el sentido de pertenencia a la Iglesia y abre los horizontes del corazón a la universalidad histórica y geográfica de la Iglesia.

Hoy, esta vivencia de la espiritualidad comunitaria, que se celebra fundamentalmente en torno a la Parroquia o un movimiento apostólico o asociación, debe estar atenta a dos necesidades fundamentales:

De la experiencia personal a la experiencia comunitaria

La vivencia comunitaria requiere la experiencia personal y a la vez la anima: es necesaria la asimilación personal.

Cada cristiano, personalmente es interpelado para vivir en plenitud los misterios de la fe, en una vida espiritual que sea una síntesis de oración y de acción. No se puede diluir en lo comunitario -que se convierte en colectivo- lo que es vida y compromiso personal. La vivencia comunitaria es impensable sin una vida personal de oración y preparación adecuada. No podemos pedir al grupo, a la parroquia o a la comunidad, que sean ellos los que suplan lo que es vivencia personal de la fe. En la comunidad se expresa y se acrecienta la vida espiritual, pero no podemos sólo vivir de esta experiencia comunitaria, sin aportar cada uno la propia.

De la experiencia íntima a la manifestación pública

La vivencia de la experiencia de fe, siempre personal e íntima, en el seno de la comunidad, asociación o movimiento, exige hoy la manifestación externa de la misma: salir del templo para hacernos presentes, como creyentes y testigos del Evangelio, en medio de la sociedad. Para ello, puede ayudarnos la implicación en las distintas asociaciones de carácter civil, como Asociaciones de padres y madres, Asociaciones de vecinos, peñas, etc. 

A su vez, debemos aprovechar la riqueza espiritual de la religiosidad popular y sus múltiples expresiones públicas. En torno al Año litúrgico ha florecido una rica religiosidad o piedad popular. Una sana integración de algunos aspectos de esta piedad, antes o después o en torno a las celebraciones litúrgicas, es necesaria. Se evitan así dos extremos peligrosos. El de una religiosidad que “confunde lo popular con ir por libre”, sin dejarse evangelizar y orientar por la Liturgia; o el de una Liturgia “químicamente pura”, y que no es receptiva a integrar auténticos valores de la piedad del pueblo, capaz todavía, hoy,  de acercar a Alos alejados@a los misterios de nuestra fe.

La Litúrgica en las Hermandades y Cofradías

Las Hermandades y Cofradías han contribuido grandemente al florecimiento de la vida cristiana entre nosotros. Estas asociaciones religiosas han aportado un importante caudal a la vida espiritual de nuestro pueblo. Y actualmente continúan alimentando la vida cristiana de muchos católicos.

Las Hermandades y Cofradías, “asociaciones de fieles cristianos conscientes de su pertenencia a la Iglesia”, han sido durante siglos uno de los cauces importantes para la manifestación pública de la fe de nuestro pueblo sencillo. Gracias a su poder de convocatoria y a su forma de expresar los sentimientos religiosos, han hecho realidad en muchas gentes las palabras de Jesús: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes, y se las has revelado a los pequeños”(Lc 10,21). La Iglesia siempre ha mirado con ojos maternos esta realidad compleja de la religiosidad popular, especialmente organizada en Hermandades y Cofradías.

La secularización, una sociedad que vive como si Dios no existiera e incluso que quiere excluirlo de su vivir cotidiano o bien recluirlo a lo íntimo y privado, ha llegado a muchas instancias de nuestro pueblo. Y, quizás, el peligro mayor es la intención solapada de algunos de “vaciar de contenido cristiano” una serie de expresiones de fe, que quedan simplemente como “manifestaciones culturales o folklóricas”: así, las fiestas patronales de nuestros pueblos y sobre todo, la celebración, junto a María, del Misterio de la Muerte y la Resurrección de su Hijo, en la Semana Santa.

La Semana Santa, el Triduo Pascual, centro de la celebración litúrgica, es una fiesta cristiana, en la que expresamos profundos sentimientos de dolor y de gozo, de muerte y de vida, caracterizados por unas formas culturales propias de nuestra particular idiosincrasia. Pero, sin la fe, las celebraciones litúrgicas y las mismas procesiones pueden quedar simplemente en un mero espectáculo.

La formación y espiritualidad litúrgicas nos puede ayudar a profundizar, y en algunos casos a recuperar, el sentido profundo de la Semana Santa, a gustarlo y celebrarlo con auténtica fe y conocimiento de su rico contenido. Todo ello, sólo es posible si la mayoría de los hermanos y cofrades miramos a los Sagrados Titulares y descubrimos en ellos el Misterio profundo de nuestra fe, la gran herencia de nuestros padres que administramos para dejarla, enriquecida con el testimonio de nuestra propia fe, a nuestros hijos.

La catequesis litúrgica es una fuente de renovación de nuestras Hermandades y Cofradías.

5. La parroquia es una “comunidad litúrgica”

El término comunidad tiene diferentes acepciones, puesto que se aplica a muy variadas colectividades humanas (comunidad familiar, comunidad de vecinos, comunidad política, etc.); en todas ellas, siempre está presente la idea de compartir algo importante entre los miembros que forman una comunidad. También la Iglesia es una comunidad; solemos hablar de la comunidad eclesial. Hay dos palabras provenientes del griego que nos explican que es la Iglesia: la Iglesia es ekklesía (reunión) y koinonía (comunión).

La comunidad es un grupo que se define por Alo que son@, no por Alo que hacen@. Su “ser compartido”, es lo que crea la comunidad. La Iglesia es la comunión de los bautizados en Cristo, que se reúne para celebrar y proclamar su fe. Aprendimos en el Catecismo: “por el Bautismo somos hijos de Dios y miembros de su Iglesia”. Esta verdad, lo que somos, es la que nos constituye en comunidad. La Iglesia es la asamblea de quienes comparten el don de la salvación en Cristo, la misma fe y la misión de anunciarla.

La comunidad parroquial

Solemos emplear también el término “comunidad parroquial”. Sin embargo, cuando hablamos de la parroquia, no debemos estrechar demasiado el concepto de comunidad cristiana. A veces, hablamos de “la comunidad parroquial” pensando sólo en el pequeño grupo que colabora más asiduamente en las tareas pastorales.

En realidad, la comunidad parroquial está formada por todos aquellos que comparten habitualmente la celebración y la vida del Espíritu en un mismo Altar, con unos lazos reales de comunión en un solo Bautismo y con una misma fe, en el mismo amor, en la participación de los bienes y de los sufrimientos, de las tareas y de los esfuerzos.

El Código de Derecho Canónico (c. 515) define la parroquia: “la parroquia es una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia diocesana, cuyo servicio pastoral, bajo la autoridad del Obispo, se encomienda a un párroco, como su pastor propio”. Pero difícilmente se puede contener en una definición toda la vida que surge y alienta una comunidad de tan honda tradición y que tanto ha aportado a consolidar la configuración no solo cristiana sino también humana y social de nuestros pueblos y barrios de las ciudades. La parroquia es como una “segunda casa para  muchas personas”, y la testigo más fiel de la vida y acontecimientos de muchos, creyentes o no.

La parroquia es el ámbito principal en el que se despliega la actividad pastoral de nuestra Iglesia, el medio concreto en el que sacerdotes, religiosos y laicos ejercemos normalmente nuestros ministerios y actividades pastorales.

Una “comunidad litúrgica”, cuyo centro es la Eucaristía 

La idea de comunidad cristiana incluye siempre sus raíces eucarísticas. De la Eucaristía brota la verdad de la comunión espiritual en la fe y en el amor, la participación grande o pequeña en la misión, y a partir de ahí las realidades concretas de relación y convivencia.

La parroquia es una comunidad litúrgica, ya que, sin los elementos sacramentales y espirituales, la comunidad se reduce fácilmente a un grupo de trabajo, convivencia y amistad. Esto es bueno, pero no es suficiente. Una comunidad cristiana no es una asociación o una peña. Hay unos lazos mayores: al sentarnos en la misma Mesa de la Eucaristía y escuchar la Palabra de vida, proclamamos nuestra condición de hijos de Dios y hermanos unos de otros.

La Eucaristía es la que convierte a un grupo de conocidos o amigos, en una comunidad de hijos de un mismo Padre y hermanos entre sí. Los hermanos nos vienen dados, los amigos se escogen. Por ello, una comunidad cristiana, nunca es una reunión de iguales o coincidentes en unas ideas, es ante todo una comunión de hermanos. La pluralidad no está reñida con la comunión.

La parroquia, una “comunidad que anuncia la fe, la celebra y la vive”

“La parroquia es, en cierto sentido, la misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos e hijas”(ChL 26). En la vida de toda parroquia existen tres dimensiones necesarias y complementarias, a desarrollar y animar por el conjunto de la comunidad cristiana.

Primero, “el anuncio de la fe”: a través de las Catequesis y los catecumenados en sus diferentes niveles; con las homilías, charlas, escuelas de formación y catequesis, escuelas de padres, grupos de estudio de Biblia, etc. Segundo, “la celebración de la fe”: mediante la celebración de la Eucaristía -centro de la vida parroquial- y los otros sacramentos y la animación de la oración personal y comunitaria. Es la función de la Liturgia,

Y tercero, “la vivencia de la fe”: la Caridad es la manifestación de la fe. El servicio a los necesitados (inmigrantes, parados…) la visita a los enfermos, la acogida y escucha del que está sólo, son expresiones de la caridad, que brota de la Eucaristía. Buena parte de su ejercicio se realiza a través de los equipos de Cáritas parroquiales. Pero es una dimensión que implica a toda la comunidad.

La parroquia está llamada a ser una comunidad de fe y vida, comprometida, evangelizadora y corresponsable, en la que todos somos necesarios y llamados a participar. Ella vive y obra profundamente injertada en la sociedad humana e íntimamente solidaria con sus aspiraciones y dramas.

Actualizar la pastoral de nuestras parroquias

La Parroquia está llamada a una profunda renovación para posibilitar una época nueva y prometedora, marcada por el signo de la nueva evangelización. Para que las parroquias sean verdaderamente comunida­des cristianas, se debe favorecer la adaptación de las estructuras parroquiales, sobre todo promoviendo la participación de los laicos en las responsabilidades pastorales y la comunión e integración de las asociaciones o movimientos, en la gran comunidad parroquial.

La parroquia, está llamada a desarrollar una pastoral más evangelizadora: atenta a la formación y fortalecimiento de la fe viva y personal de los cristianos incorporados a la comunidad parroquial. Y más misionera: con un carácter de difusión del evangelio y expansión, que busca y promueve ocasiones y medios de encuentro dirigidos hacia los que no vienen o lo hacen esporádicamente.

Es lo que llamamos una pastoral de “caras nuevas”.

 

Una tarea primordial: la acogida en la parroquia

La Iglesia, y cada uno de sus miembros, hoy más que nunca, deben ser “los hombres y mujeres del diálogo”. Y dialogamos si nos convertimos a la acción del Espíritu, y creemos que Él está presente y actúa en las personas, más allá de su preparación y formación, que se acerca en demanda de sacramentos.

Es necesario que a estas personas se les pueda ofrecer una referencia comunitaria: ofrecerles la Buena Noticia del Evangelio, invitándoles a la “casa comunitaria” que es la Iglesia, que se reviste de rostros concretos en la parroquia, “hogar de puertas abiertas”. Y los pastores, hoy más que nunca deben estar “en actitud de padre que acoge al hijo pródigo a la puerta del templo”.

Dada la situación de muchos bautizados de nuestras comunidades, la pastoral sacramental debe de ser hoy una pastoral “revestida de acogida”; una pastoral por así llamarla del “justo medio”; debe evitar los extremos opuestos a su verdad: ni el rigorismo ni el laxismo, ni sacramento indiscriminado ni negación del sacramento: equilibrio entre “la ley de la exigencia y la ley de la misericordia”.

[1]BENEDICTO XVI, Deus Caritas est, Carta encíclica 2005, n. 1

[2]Para profundizar en este apartado: Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1066-1075

[3]Conviene leer: Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 221-232 (Corresponde al Catecismode la Iglesia Católica,  nn. 1077-1112)

[4]El Catecismo de la Iglesia Católicanos presenta una espléndida teología litúrgica sobre el Espíritu Santo en continuación con la doctrina del Vaticano II, expresada en la Sacrosanctum Concilium. Ver los nn. 1091-1109

[5]Conviene leer: Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1113-1134

[6]BENDICTO XVI, Sacramentum caritatis, Exhortación apostólica 2007

CUESTIONARIO para la reflexión personal y el diálogo de grupo
  1. La Liturgia en el Catecismo de la Iglesia Católica

– ¿Conocemos el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica?

– Nos comprometemos a tenerlo como libro de referencia. Lo llevamos a  la reunión de grupo y lo ojeamos siguiendo la explicación que sobre las cuatro partes del Catecismo se da en este apartado.

  1. La Liturgia: celebrar el Misterio de la fe en el tiempo de la Iglesia

– “La Liturgia nos invita a vivir la misma experiencia que vivieron los contemporáneos de Jesús a través del tiempo. Eso, se consigue mediante la Palabra de Dios y, sobre todo, a través de la Eucaristía”.  ¿Qué nos dice esta afirmación?

– Comentamos esta frase capital del Concilio: “la liturgia es la cumbre y la fuente de la vida cristiana”(SC 10).

  1. La Liturgia: obra de la Trinidad

– La Liturgia de la Iglesia es siempre obra de la Santísima Trinidad. Y toda la vida litúrgica de la iglesia gira en torno a la celebración de la Eucaristía y de los otros sacramentos. Dialogamos en torno a estas preguntas:

– ¿Quién celebra la Liturgia?

– ¿Cómo celebrar?

– ¿Cuándo celebrar?

– ¿Dónde celebrar?

  1. La Liturgia, escuela de espiritualidad

– “Lo que creemos, lo celebramos; lo que creemos y celebramos, lo llevamos a la propia vida”: la unidad de fe y vida es el camino de la santidad. ¿Qué nos sugiere, personalmente, esta afirmación?

– La celebración comunitaria de la fe exige hoy la manifestación pública de nuestra fe y hacernos presentes en la sociedad. ¿Cómo podemos hacerlo?

  1. La Parroquia es una “comunidad litúrgica”

– Una parroquia es una “comunidad litúrgica” ¿Cómo podríamos explicar esta afirmación?

– La acogida a las personas que se acercan a la parroquia es un momento evangelizador esencial. ¿Cómo hacemos la acogida en nuestra parroquia y cómo podemos mejorarla?