Tiempo ordinario (1)

Tiempo Ordinario: vivir la amistad con Cristo en el seno de la Iglesia.

En el recorrido del Calendario litúrgico, después de las fiestas entrañables de Navidad, iniciamos el Tiempo Ordinario. El Tiempo Ordinario tiene una primera parte que abarca los días que van desde el lunes después del Bautismo del Señor hasta el miércoles de Ceniza exclusive. Después se reanuda a partir del lunes después de Pentecostés con una larga duración hasta el primer domingo de Adviento.

Constituye un tiempo ideal para la contemplación y la celebración de las palabras y acciones de Cristo en el Evangelio, reflexionar sobre la vida cristiana según las exhortaciones de los apóstoles y a la vez, seguir una lectura de la historia de la salvación en el Antiguo Testamento a la luz de la novedad de Cristo.

La celebración del Domingo proyecta su luz sobre los otros días de la semana. Entre ellos, la Iglesia hace resaltar discretamente algunos elementos de cada viernes que recuerdan la pasión del Señor. Y por otra parte, sugiere la posibilidad de celebrar la memoria de la Virgen cada sábado que no esté ocupado por la memoria de un santo.

El misterio de Cristo en la vida cotidiana

La teología, la liturgia y las orientaciones pastorales confluyen en una espiritualidad litúrgica del Tiempo Ordinario. La clave de comprensión de esta espiritualidad hay que buscarla siempre en el misterio de Cristo. Estamos llamados a conocer al que ha nacido en Belén y anuncia la Buena Noticia del Reino. Pero no es un conocimiento simplemente de la mente, sino un reconocimiento por el corazón. Se trata de estrechar la amistad con Cristo.

Con la lectura continua de uno de los evangelios en la celebración de la Eucaristía de cada día, se pone en el centro de la espiritualidad cristiana la misma vida de Jesús y su misterio en la normalidad de su vida, hecha de oración, de predicación de la palabra y de gestos de amor hacia los hombres. Asumir este misterio es ofrecer a la vida de cada cristiano la oportunidad de ser un discípulo fiel, que en el esfuerzo de cada día y en cada acontecimiento de lo cotidiano descubre la fuerza de la presencia del Resucitado en mi vida. 

Los hechos y las palabras del Señor que pertenecen a su misterio, como los otros grandes acontecimientos salvadores, se hacen memoria, se reviven en la proclamación de la palabra y en la celebración de la Eucaristía. La misma lectura de los libros del AT y del NT ofrece a la Iglesia la posibilidad de medir su propio camino de perseverancia con las grandes esperas del pueblo de Israel, y con la espera del retorno del Señor que marca tantas páginas de los escritos apostólicos. Estos libros, como los evangelios, subrayan la presencia de la salvación en una historia larga y concreta, misteriosa y llena de desconcertante normalidad. En esta historia se hace presente Cristo para asumir y santificar la historia de los hombres hasta que se cumpla el día de su regreso final.

Las palabras y los gestos de Jesús, así como la historia de la salvación que acompaña todo el Tiempo Ordinario, tiene un sentido pleno con la participación de la Iglesia. Hay una realidad mistérica que desciende como gracia cada día desde el cielo; pero hay también una realidad eclesial, una historia cotidiana que la palabra ilumina y la Eucaristía y la oración de cada día asume, para hacer la historia de salvación. Si la liturgia es la celebración del misterio de Cristo en la existencia cristiana, la realidad histórica del trabajo, de los gozos y alegrías, de las tristezas y de los dolores de la humanidad forman parte de la trama de ese Tiempo Ordinario.

Así la Iglesia vive en el Año litúrgico su propia historia con el ritmo de la fiesta y de lo cotidiano, con la novedad de los tiempos litúrgicos que giran en torno al misterio del Verbo Encarnado y del Crucificado-Resucitado.