Tiempo de Cuaresma

Cuaresma, "Tiempo de Gracia"

El Tiempo de Cuaresma es un período particularmente apto para despertar en los fieles el sentido de la vida cristiana concebida “como una gran peregrinación hacia la casa del Padre, del cual se descubre cada día su amor incondicionado por toda creatura humana y, en particular, por el hijo pródigo (Cf. Lc 15, 11-32)” (TMA 49). 

Para entrar en la casa del Padre hay que franquear un umbral, «símbolo del paso desde el mundo herido por el pecado al mundo de la vida nueva al que todos los hombres son llamados» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1186).  Es el umbral de la conversión.

La Cuaresma se inicia con la imposición de las cenizas y la invitación “convertíos y creed al Evangelio” (Mc 1,15). Con estas palabras, Jesús comenzó su misión en la tierra para reconciliar a los hombres con el Padre. En efecto, como nos enseñó san Pablo, todo viene de Dios Padre, que manifestó su misericordia reconciliando a sí al mundo mediante Cristo y confió a la Iglesia el ministerio de la reconciliación (Cf. 2 Co 5,18).

El acto penitencial con que se inicia la celebración eucarística puede adquirir en Cuaresma un sentido particular. En él, la Iglesia implora la misericordia de Dios: ante el derroche de misericordia del Padre, el creyente no puede sino situarse en la disposición de ánimo del publicano de la Parábola evangélica (Cf. Lc 18,13) y asumir, además de sus sentimientos, también sus gestos de arrepentimiento y de reconocimiento de la propia indignidad para poder entrar en relación de fe con el misterio de Cristo que se celebra. La conversión es un aspecto que caracteriza toda la existencia cristiana.

Con el Miércoles de Ceniza comenzamos la Cuaresma.

El Miércoles de Ceniza es como un “pregón de Cuaresma. Es el pórtico de cuarenta  días para acercarnos a la Pascua del Señor. Son 40 pasos para acercarnos a la casa del Padre… Es un largo recorrido, pero el camino se hace corto si eliminamos peso (pecados) y si avivamos el deseo ardiente de encontrarnos con la persona que más nos ama: Dios nuestro Padre.

La Cuaresma es el tiempo del hijo pródigo. Cada uno de nosotros somos un “nuevo hijo pródigo”. El tiempo de Cuaresma es un tiempo propicio para la conversión, para enderezar la vida, para preparar los días de Pascua.

Los signos de la Cuaresma

Tres acciones, desde el ámbito personal y también del comunitario, pueden hacer que este tiempo de Cuaresma, inaugurado el Miércoles de Ceniza, sea diferente y especial:

La Oración. El diálogo más intenso con Dios nos devuelve a la comunión con Él, mediante la escucha de la llamada a la conversión. Se trata de recuperar el trato y la amistad con Dios, como fuente de todo bien. Se ha de incrementar durante toda la Cuaresma. Acudimos a Dios pidiendo fuerzas para realizar en nosotros mismos la reforma cuaresmal, para cambiar radicalmente nuestras formas de ser. ¡Qué la Palabra de Dios sea nuestro pan cotidiano!

 

El Ayuno y la abstinencia. El ayuno y la abstinencia es, antes que anda, prescindir de cosas superfluas, privarnos de nuestros excesos y de la sobreabundancia en la que vivimos y que nos impide amar a Dios y al prójimo. Así descubrimos que el verdadero alimento nos viene de Dios: “No sólo de pan vive el hombre”. Nos ayuda a lograr el dominio sobre uno mismo, la lucha contra las pasiones, la libertad espiritual y la reconciliación con nosotros mismos. Eso nos abrirá también a las necesidades de los demás, pues la privación voluntaria abre nuestro corazón a la comunicación de bienes.

Tiene un contexto más profundo y esencial que la simple abstinencia de alimentos. No es el hecho simple de no comer carne lo que más ha de importar sino el espíritu con que se realiza: el significado del “señorío sobre nuestros propios instintos”.  Un pequeño sacrificio, en la vida tan cómoda que llevamos, no viene mal.

Es el ayuno del hombre viejo, el ayuno del pecado, la renuncia a los propios caminos para abrazar los de Cristo.

La limosna o misericordia. Son gestos que  nos abre a las necesidades del prójimo, a compartir con quienes no tienen. De este modo, alcanzamos la paz y la reconciliación con los hermanos. Hay nuevas formas de limosna: compartir nuestro tiempo, una vida austera en la educación de los hijos, enseñándoles a compartir.

Un ejercicio de piedad muy popular: el “Via crucis”

El hombre es un caminante hacia Dios, un peregrino. La diferencia entre el peregrino y el vagabundo, es que el primero tiene meta de llegada, el segundo a veces simplemente, y quizás dramáticamente, deambula en torno a su propia soledad. Es el drama del siglo XXI: el hombre al perder a Dios, pierde su norte.

Pero todos sabemos que hay una manera de acortar un camino: cuando nuestra meta es Alguien, el camino se acorta cuando se sale al encuentro. Y Dios, meta de nuestra vida, no es un algo inmóvil o una sensación difusa: es Alguien, que nos llama por nuestro nombre, que quiere ser llamado por su propio nombre. En la Encarnación de su Hijo, Dios ha acortado el camino saliendo a nuestro encuentro.

Como cristianos, en nuestra Andalucía, queremos expresar esta buena noticia con lo mejor que tenemos: nuestras celebraciones pascuales en las comunidades parroquiales y nuestras procesiones al hacer camino, confiesan que somos hijos de Dios, acogidos en el regazo de la Madre a los pies de la Cruz, peregrinos en el seno de la Iglesia.

Existe una devoción de raigambre popular y de gran densidad espiritual, el Via crucis, que nos agrupa a seguir el camino de la Pasión, que pronto vamos a vivir. Cuando salimos a la calle. Es una  proclamación pública de fe, anunciando que nos preparamos a las fiestas de Pascua. Es un tiempo precioso para acompañar a María en la Vía Dolorosa, confesando una verdad de nuestra fe: “padeció,  fue crucificado y sepultado”. Contemplamos junto  a  María, los Misterios Dolorosos.

Pero el Via crucis tiene una decimoquinta estación: todos quedamos también comprometidos a visitar el rostro sufriente de Cristo en el hermano enfermo, en el pobre, en el anciano que vive en soledad, en el marginado y excluido. Cada uno de nosotros puede ser cirineo del hermano necesitado.

Pero antes que a una procesión, a lo que estamos reclamados es a un “peregrinación interior”, un itinerario personal: el de la propia conversión, el poder  mirar a Dios cara a cara, para decir como el hijo pródigo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. No merezco llamame hijo tuyo”. El Sacramento de la Reconciliación, será la antesala para  sentir de nuevo el abrazo del Padre que nos acoge y nos invita a la fiesta del Banquete Eucarístico.

Nuestras celebraciones culminan en la Pascua florida, en la que celebramos también con la cruz florecida de la Resurrección, con la alegría de la Madre del Resucitado en medio de los ángeles, la verdad central de nuestro Credo: “Resucitó de entre los muertos”.

Y la vía dolorosa se habrá convertido en Via lucis si cada uno en su corazón se ha dejado inundar por la luz del Resucitado.

Dios sale a nuestro encuentro, seamos peregrinos y busquemos su rostro. Oigamos de nuevo las palabras de María, que mirando a su Hijo nos dice: ¡Haced, lo que Él os diga!

Preparo mis compromisos de Cuaresma

“Confesar y comulgar por Pascua florida”. Era la consigna del viejo Catecismo, y hoy de plena actualidad. Se trata simplemente de recordar que el Padre sigue saliendo al camino de mi vida: Cuaresma es tiempo propicio para un nuevo abrazo del Padre. Por ello me preparo, reconciliándome con Él y sentándome a la Mesa de la Eucaristía.  He aquí dos recomendaciones sencillas:

1ª.- Participar de la celebración penitencial de mi Parroquia, propiciando una confesión personal, serena y reflexionada en la oración.

2ª.- Programar la celebración del Triduo Pascual en mi Parroquia, colaborando en su preparación, asistiendo a las Charlas Cuaresmales; participando activamente en la Eucaristía.