tema iV - El domingo

El domingo, día del Señor

“Fortalecer la vida cristiana”, es decir, potenciar la madurez de la fe de todos los creyentes, haciéndola más consciente y personal para que se manifieste en una conducta regida más claramente por el Evangelio, constituye una de las mayores preocupaciones de la Iglesia y de sus pastores. Hoy recogemos esta inquietud en una expresión: “nueva evangelización”. El papa Francisco nos ha expresado su inquietud y nos ha dado pautas de actuación en su Exhortación Evangelii gaudium.

Para llevar a cabo este fortalecimiento es preciso revitalizar los cauces comunitarios y participativos de la vida eclesial. Entre estos cauces se encuentran el domingo y las fiestas del calendario cristiano, a causa de su tradición y de la incidencia real en la educación de la fe y en la formación de los creyentes.

La celebración del domingo es un medio privilegiado para perseverar en la vida de la fe inaugurada en el Bautismo. El “Día del Señor” ha sido, desde el principio, un espacio gozoso en el que la Iglesia es evangelizada continuamente por la Palabra que proclama y por los sacramentos que celebra y se convierte en comunidad de fe, de amor y de esperanza en medio de los hombres.

 

1. La Comunidad celebra a su Señor

Los Hechos de los Apóstoles nos muestra en sus primeros capítulos la vida de la Primera Comunidad, el sentido profundo de la celebración de su fe: convocada por la Palabra de Dios, es capaz de compartir no sólo lo que concierne a los bienes espirituales, sino también los  bienes materiales.

Junto a los apóstoles y los discípulos, María, la Madre del Señor, comparte con la Primera Comunidad la memoria viva de su Hijo. Ella, muchas veces, prepararía la mesa de la Eucaristía, recordando la Última Cena y oyendo de los apóstoles las palabras pronunciadas por su Hijo: “Tomad y comed… tomad y bebed…”. Es la celebración del Misterio central de nuestra fe.

El Concilio ha definido la Liturgia, la celebración de los misterios de nuestra fe, con unas palabras emblemáticas: “La liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza” (SC 10). Por ello, el afán de la Iglesia, madre como María, es sentar a sus hijos a la mesa del Banquete. La Eucaristía es la fuente y cumbre de la vida cristiana: de nuestra vida, de la vida familiar, de la vida de nuestra Comunidad.

El Concilio puso un énfasis particular en la participación activa (“actuosa participatio”) plena y fructuosa de todo el Pueblo de Dios en la celebración eucarística. El Papa nos explicaba el significado de esta “participación activa”:  “Conviene dejar claro que con esta palabra, participación, no se quiere hacer referencia a una simple actividad externa durante la celebración. En realidad, la participación activa deseada por el concilio se ha de comprender en términos más sustanciales, partiendo de una mayor toma de conciencia del misterio que se celebra y de su relación con la vida cotidiana. Sigue siendo totalmente válida la recomendación de la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium, que exhorta a los fieles a no asistir a la liturgia eucarística «como espectadores mudos o extraños», sino a participar «consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada». El Concilio prosigue la reflexión: los fieles, «instruidos por la Palabra de Dios, reparen sus fuerzas en el banquete del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino también juntamente con él, y se perfeccionen día a día, por Cristo Mediador, en la unidad con Dios y entre sí».

Para favorecer esta participación activa en la celebración eucarística han de promoverse en nosotros un auténtico espíritu de conversión continua: “no se puede esperar una participación activa en la liturgia eucarística cuando se asiste superficialmente, sin antes examinar la propia vida. Favorece dicha disposición interior, por ejemplo, el recogimiento y el silencio, al menos unos instantes antes de comenzar la liturgia, el ayuno eucarístico y, cuando sea necesario, la confesión sacramental. En particular, es preciso persuadir a los fieles de que no puede haber una actuosa participatio en los santos Misterios si no se toma al mismo tiempo parte activa en la vida eclesial en su totalidad, la cual comprende también el compromiso misionero de llevar el amor de Cristo a la sociedad”.

La comunidad que celebra a su Señor es, pues, una comunidad viva, que evangeliza con su testimonio; y, a la vez, es evangelizada ya que alienta  continuamente su deseo de ser más santa y parecerse a su Señor. Es una comunidad preocupada por el hermano como signo de la caridad, que brota de la Eucaristía y deseosa de ampliar la  mesa eucarística, abriéndola a los que aún no saborean este manjar. Es una comunidad que vive y celebra con alegría su fe, con un deseo ardiente de santidad.

La celebración de la Eucaristía es el signo mayor de comunión que hay entre la comunidad y su Señor. De una manera más significativa, en la comunidad parroquial lo es la celebración de la Eucaristía del domingo, que se inicia ya con las vísperas del sábado. La celebración dominical de la Eucaristía es el acto central de la comunidad cristiana y de los fieles cristianos. En la Eucaristía se expresa y realiza la unidad de la comunidad parroquial, en comunión con la Iglesia particular y universal y en ella se alimenta la vida espiritual de los fieles.

 

2. El domingo, “Día del Señor”

En Carta Apostólica Dies Domini, el Papa Juan Pablo II nos exhorta a que nos preocupemos de que el domingo sea reconocido por todos los fieles, santificado y celebrado como verdadero “Día del Señor”. Cuanto insistamos en este aspecto será poco en comparación de los grandes bienes que se derivan del domingo para el fortalecimiento de la fe y del testimonio de los cristianos.

El Concilio Vaticano ll expresó el significado que el domingo tiene para los cristianos: “La Iglesia, por una tradición apostólica que trae su origen del día mismo de la resurrección de Cristo, celebra el Misterio Pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón día del Señor o domingo. En este día, los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la Palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la pasión, la resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios, que los hizo renacer a la viva esperanza por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos (1Pe 1,3). Por esto, el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también el día de alegría y de liberación del trabajo. No se le antepongan otras solemnidades, a no ser que sean, de veras, de suma importancia, puesto que el domingo es el fundamento y el núcleo del año litúrgico” (SC 106).

El domingo es un itinerario de formación cristiana permanente, insustituible en las condiciones de la sociedad actual. Con la celebración del domingo proclamamos que la  Eucaristía ocupa el centro en la vida cristiana, y que en ella “se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia”.

Pero esta centralidad  ha de ser educada y ha de concebirse como algo dinámico, que tira de nosotros desde las regiones más apartadas de nuestra lejanía espiritual y nos une a Jesucristo y, por medio de Él y en el Espíritu Santo, nos hace entrar en comunión con el Padre y con todos los hermanos. Comentamos brevemente este texto conciliar antes citado.

 

Recuerdo de la resurrección del Señor

La celebración del domingo está justificada por el recuerdo de la resurrección del Señor y de las apariciones que tuvieron lugar “el primer día de la semana” (Cf. Mt 28,1 y par.; Lc 24,13‑45; Jn 20,19‑29). Desde el principio la institución dominical está unida, por tanto, al reconocimiento y a la confesión de Jesús como Señor (Cf. Hch 2,36; Rom 10,9; Fil 2,9‑11) por medio de unos actos que expresan y contienen el “poder de su resurrección” (Cf. Fil 3,10). Todos los valores del domingo tienen su raíz y su razón de ser en el encuentro personal de los discípulos de Jesús con el Resucitado que vive para siempre y se hace presente a su Iglesia sobre todo en la acción litúrgica (Cf. SC 7).

                

El “día de la Iglesia”

El domingo es también el “día de la Iglesia”. El domingo la Iglesia se reúne en asamblea La primera nota de la Iglesia que pone de manifiesto la celebración del domingo es la reunión de la asamblea. Aunque cada cristiano ha de vivir su incorporación al Misterio Pascual de Jesucristo todos los días, en la dispersión de su existencia y de sus ocupaciones, al llegar el domingo se sabe llamado a reunirse con sus hermanos, con los que forma el cuerpo de Cristo, para encontrarse a su vez con el Señor resucitado, que prometió estar presente “donde dos o más se reúnan en su nombre” (Mt 18,20; cf. 20,20).

Esta asamblea, convocada por el Resucitado y reunida en su Espíritu, es un elemento esencial al domingo y a la misma comunidad cristiana. Por esto no debería faltar ni siquiera en aquellos lugares donde la falta de sacerdote no permite celebrar la Eucaristía del domingo. La asamblea es la ocasión de encontrarse los que están llamados a “tener un solo corazón y una sola alma” (Cf. Hch 4,32). El cristiano que no frecuenta la asamblea dominical, difícilmente vivirá su fe eclesialmente y se irá alejando poco a poco de la comunión que hace de la Iglesia un sacramento o señal de la unión con Dios y de la unidad de todos los hombres, signo indispensable para la acción evangelizadora de hoy.

 

El “día de la Palabra de Dios”

La perseverancia de los cristianos en la vida nueva recibida en el Bautismo les ha exigido siempre volver una y otra vez “a la enseñanza de los Apóstoles” (Cf. Hch 2,42), es decir, a la Palabra que un día les fue anunciada y en la que creyeron para salvarse. En las apariciones del Resucitado el primer día de la semana se destaca ya el puesto que la Sagrada Escritura tiene en la asamblea de los cristianos. El propio Señor, antes de partir el pan para los discípulos de Emaús, “comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les iba interpretando en todas las Escrituras” cuanto se refería al Mesías y a los acontecimientos ocurridos en Jerusalén (Cf. Lc 24,26). Estos discípulos reconocieron que su corazón “ardía cuando les hablaba por el camino y les abría el sentido de las Escrituras” (Lc 24,32; cf. 24,44‑45).

El domingo es el día de la Palabra de Dios, especialmente cuando ésta es proclamada y celebrada en la celebración litúrgica. Entonces, Cristo está presente y sigue anunciando el Evangelio (Cf. SC 7; 33), como lo hacía cuando explicaba las parábolas a los discípulos (Cf. Mc 4,32; Mt 13,36; 15,15). Nunca como hoy la mesa de la Palabra de Dios ha estado tan dispuesta. La Iglesia pone al alcance de los fieles “los tesoros de la Biblia” estableciendo una lectura de la Sagrada Escritura más abundante, más variada y más apropiada.

Los cristianos asiduos a la Eucaristía dominical tienen ocasión de escuchar las principales páginas de la Sagrada Escritura y prácticamente los cuatro Evangelios.

 

El “día de la Eucaristía”

La comunidad cristiana persevera, también, en la fracción del Pan y en las oraciones (Cf. Hch 2,42), para cumplir el encargo del Señor: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22,19; 1 Cor 11,24) y celebrar de manera más expresiva el encuentro con el Señor resucitado. Y así ocurría en la Iglesia Apostólica, cuando los fieles “partían el pan por las casas con alegría y sencillez de corazón” (Hch 2,46), y se dedicaban también a la oración en común (Cf. Hch 1,14.24; 4,24‑31; 12,5; etc.). La vinculación de la Eucaristía al domingo es una realidad desde la época del Nuevo Testamento (Cf. Hch 20,7‑12).

La celebración de la Eucaristía constituye el centro de la vida de la Iglesia. En efecto, “los demás sacramentos, al igual que todos los ministerios y las obras de apostolado, están unidos por la Eucaristía y hacia ella se ordenan” (PO 5).

 

El “día de la caridad”

Los primeros cristianos no sólo “partían el pan” y oraban en común, sino que proyectaban la comunión en el Espíritu en la comunicación de los bienes y en el testimonio de la vida (Cf. Hch 2,44‑47; 4,32‑37). De este modo la Eucaristía dominical se prolongaba en toda una serie de actitudes y de obras que movían a admiración y que invitaban a compartir la fe y la caridad. San Pablo, que sugería a los fieles de Corinto ahorrar una cantidad “cada primer día de la semana”, con destino a la colecta en favor de los hermanos de Jerusalén (Cf. 1Co 16,2), explica la solidaridad cristiana como expresión de la generosidad del mismo Cristo (Cf. 2Co 8,9 ss.).

La caridad fraterna y la solidaridad con los necesitados, en cualquiera de las formas que pueda adoptar, desde la oferta de dinero en la colecta que se hace durante la presentación de los dones del pan y del vino en la Misa, hasta los gestos o compromisos más persistentes en favor de los pobres o de los marginados, constituyen sin duda uno de los signos más evidentes de la participación profunda en el Sacrificio eucarístico y una de las señales más eficaces que abren el camino a la acción evangelizadora.

 

El “día de la misión”

Los que tomaban parte en la Eucaristía sabían también que eran enviados a anunciar a los demás que “habían reconocido al Señor en la fracción del pan” (Cf. Lc 24,35). Los cristianos que habían celebrado con alegría la resurrección del Señor, se sentían portadores del mensaje pascual: “Id y anunciad a mis hermanos” (Mt 28,10; Cf. Jn 20,17‑18). La misión surge espontáneamente de la experiencia gozosa de la fe que se ha alimentado en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo. Eucaristía y evangelización se fecundan mutuamente y urgen a todos los discípulos de Jesús a sentirse deudores del don que han recibido hacia los que todavía no conocen el anuncio que es capaz de transformar sus vidas.

El domingo, situado en el comienzo de la semana para los cristianos, invita a extender a toda la existencia, mediante el testimonio consciente y el compromiso responsable, cuanto se ha vivido en la celebración. De este modo la vida se hace adoración a Dios “en espíritu y en verdad” (Cf. Jn 4,23).

 

“Fiesta primordial de los cristianos”

El domingo es llamado también fiesta primordial y “día de alegría y liberación del trabajo”  por el Concilio; es decir, la fiesta esencial y primera de los cristianos, que reúne en sí todos los valores humanos y todas las características que las modernas ciencias del hombre han puesto de relieve acerca de la fiesta.

Estos valores peculiares no pueden desestimarse, y menos aún en una sociedad que se seculariza cada día más. En efecto, los aspectos humanos de la fiesta y los aspectos específicos de la experiencia cristiana del domingo no caminan en dirección opuesta, sino que son dimensiones de una misma realidad que tiene en Cristo, el Hombre nuevo, su punto de convergencia, pues todo es del hombre, el hombre es de Cristo y Cristo de Dios (Cf. 1Co 3,22; GS 22).

Así como no hay fiesta sin celebración, pues no basta dejar el trabajo para hacer fiesta, tampoco hay domingo sin que los creyentes se reúnan para alabar al Señor, recordar sus obras, darle gracias y suplicarle. En este sentido, la celebración de la Eucaristía ha sido siempre el corazón del domingo y de toda fiesta cristiana, el momento culminante de toda una dinámica festiva que es recuerdo de las maravillas obradas por Dios y cumplidas en Cristo y, a la vez, presencia y anticipo de la fiesta que no tendrá fin.

 

Significado del precepto dominical

Por todos estos motivos, el domingo ayuda a los cristianos a recibir mejor la acción de la gracia divina en sus vidas y a responder a ella más generosamente. La realidad humana y cotidiana del hombre exige que interrumpa el trabajo de cada día para dedicarse a los bienes del espíritu, entre los que sobresale la consagración de la propia existencia a Dios. El descanso, por otra parte, es también oportunidad para realizar el bien y dedicarse al servicio de los demás y al apostolado.

La Iglesia, consciente de estos valores, ha determinado con solicitud amorosa y con autoridad la santificación del día festivo. De este modo concreta la voluntad divina expresada en el tercer precepto del Decálogo: “santificar las fiestas”. Por esto, la disposición que recuerda el deber de “participar en la Eucaristía y de abstenerse de los trabajos que impiden dar a Dios el culto debido y disfrutar del descanso necesario” (Cf. Código de Derecho Canónico, c. 124), no es una mera disposición externa que se pueda modificar sin que se vea afectada la sustancia del precepto.

El precepto dominical orienta a los fieles hacia la fuente de la fe y de la vida de la Iglesia: la asamblea festiva en torno a la Palabra de Dios y al Sacrificio eucarístico. La participación en esta celebración permite a los cristianos descubrir su propia identidad y les hace capaces de vivir en comunión con sus hermanos y entregarse a su tarea en la sociedad humana. El precepto tiene además un valor pedagógico para ayudar a vencer la pereza y el olvido, contribuyendo a la toma de conciencia de los fines religiosos y espirituales a los que sirve.

“En efecto, la vida de fe peligra cuando ya no se siente el deseo de participar en la Celebración eucarística, en que se hace memoria de la victoria pascual. Participar en la asamblea litúrgica dominical, junto con todos los hermanos y hermanas con los que se forma un solo cuerpo en Jesucristo, es algo que la conciencia cristiana reclama y que al mismo tiempo la forma. Perder el sentido del domingo, como día del Señor para santificar, es síntoma de una pérdida del sentido auténtico de la libertad cristiana, la libertad de los hijos de Dios… De este día brota el sentido cristiano de la existencia y un nuevo modo de vivir el tiempo, las relaciones, el trabajo, la vida y la muerte”.

Es necesario que la instrucción a los fieles sobre la obligatoriedad personal del precepto festivo vaya apoyada en los auténticos motivos de la santificación de las fiestas, y que se eduque en el sentido profundo de la obligación interior del cristiano, que debe obrar no por imperativos legalistas sino, sobre todo, movido por el amor y la fidelidad al Señor.

 

3. La asamblea eucarística, centro del domingo

Para asistir a la celebración eucarística debemos dejar nuestros asuntos, salir de nuestras casas y aun de nosotros mismos acogiendo a los demás como al propio Cristo, si queremos que el Señor, por el ministerio del sacerdote, nos explique las Escrituras y parta para nosotros el Pan de la vida eterna (Cf. Lc 24,25-32). La Eucaristía es encuentro de la familia de los hijos de Dios, en torno a la mesa de la Palabra divina y del Cuerpo de Cristo.

La Iglesia hoy, vive con dolor el abandono de la mesa eucarística de muchos de sus hijos, pero trabaja en la esperanza de volverles a acoger en la casa materna o ofrecerles el manjar del cielo. 

Al hombre, inmensamente satisfecho de todo, le falta “saberse indigente de Dios”. El mayor bien no puede ni comprarse ni acumularse: el amor de Dios es regalo y se engrandece cuando se reparte.

Toda la vida de la Iglesia, de cada cristiano y de cada comunidad, tiene su origen y su meta en la Eucaristía: de ella brota el manantial de gracia que nos sostiene; y a ella  se dirige el caudal de la vida de los cristianos.

Por otra parte, la vivencia de la Eucaristía llena de valor el tiempo y su distribución, un bien tan buscado y valorado por el hombre moderno. La Eucaristía celebrada en domingo nos ayuda a saber valorar el descanso y la fiesta, la convivencia y el convite.

 

3.1. La riqueza del misterio eucarístico

En la Eucaristía, participamos de la escucha de la Palabra y la comida del Pan eucarístico: es la doble mesa del Pan y la Palabra. La Eucaristía se nos brinda como banquete y sacrificio.

 

En la mesa del Pan y de la Palabra

“Les explicó las Escrituras”, nos dice el relato de Emaús. Esta explicación del Maestro es una guía para conocer su Misterio. Pero las lecciones del Maestro no van dirigidas sólo a la razón. Junto a ella, el amor da calidad al discurso y prepara el ámbito de la fe.

A Jesús no se llega verdaderamente más que por la fe, a través de un camino cuyas etapas nos presenta el Evangelio en la bien conocida escena de Cesarea de Filipo (cf. Mt 16,13-20). A los discípulos, como haciendo un primer balance de su misión, Jesús les pregunta quién dice la “gente” que es él, recibiendo como respuesta: “Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas” (Mt 16,14). Es una respuesta aún distante  -¡y cuánto!- de la verdad. El pueblo llega a entrever la dimensión religiosa realmente excepcional de este rabbí (maestro) que habla de manera fascinante, pero que no consigue encuadrarlo entre los hombres de Dios que marcaron la historia de Israel. En realidad, ¡Jesús es muy distinto!

Jesús reclama un conocimiento más profundo de su persona por parte de los “suyos” y les lanza la pregunta: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?” (Mt 16,15). Sólo la fe profesada por Pedro, y con él por la Iglesia de todos los tiempos, llega realmente al corazón, yendo a la profundidad del misterio: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16).

Por ello, adentrándonos en la contemplación del rostro del Cristo, calamos en su intimidad. Descubrimos el secreto de su persona, profundamente unido a Dios y profundamente vinculado con todo lo humano. Él es la Palabra de Dios.

El Papa nos advierte: “Es significativo que los dos discípulos de Emaús, oportunamente preparados por las palabras del Señor, lo reconocieran mientras estaban a la mesa en el gesto sencillo de la «fracción del pan». Una vez que las mentes están iluminadas y los corazones enfervorizados, los signos «hablan»… A través de los signos, el misterio se abre de alguna manera a los ojos del creyente.

Como he subrayado en la Encíclica Ecclesia de Eucharistia, es importante que no se olvide ningún aspecto de este Sacramento. En efecto, el hombre está siempre tentado a reducir a su propia medida la Eucaristía, mientras que en realidad es él quien debe abrirse a las dimensiones del Misterio. «La Eucaristía es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones»…

No hay duda de que el aspecto más evidente de la Eucaristía es el de banquete. La Eucaristía nació la noche del Jueves Santo en el contexto de la cena pascual. Por tanto, conlleva en su estructura el sentido del convite: «Tomad, comed… Tomó luego una copa y… se la dio diciendo: Bebed de ella todos…» (Mt 26,26.27)…

Sin embargo, no se puede olvidar que el banquete eucarístico tiene también un sentido profunda y primordialmente sacrificial. En él Cristo nos presenta el sacrificio ofrecido una vez por todas en el Gólgota. Aun estando presente en su condición de resucitado, Él muestra las señales de su pasión, de la cual cada Santa Misa es su «memorial», como nos recuerda la Liturgia con la aclamación después de la consagración: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección…»”

 

La Eucaristía es Banquete

En el discurso eucarístico del Evangelio de Juan, la propuesta de Jesús es una auténtica declaración del misterio eucarístico: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn 6,55). Sabemos que esto fue lo que puso en crisis a gran parte de los oyentes, que le abandonaron. Jesús, entonces dirigiendo la mirada a los más íntimos, les pregunta si también ellos le van a abandonar y Pedro, haciendo de portavoz de la fe de los otros Apóstoles y de la Iglesia de todos los tiempos, le responde con esta declaración de amor: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68)

La Eucaristía nos adentra en el Misterio de la persona de Jesús: él se ofrece como alimento que salva, que colma todas las expectativas de los deseos humanos con palabras de vida eterna.

Solemos decir, como un refrán arrancado al mismo Evangelio: “no sólo de pan vive el hombre”. Recordamos la escena en la que Jesús, después de multiplicar los panes y los peces pregunta: ¿Habéis comido pan hasta hartaros? Pues bien, yo os digo que hay “otro pan que viene del cielo y que da la vida al mundo”. La muchedumbre, con el estómago lleno, acepta la oferta y le reclama “Señor, danos de ese pan”. Y Jesús lo describe: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará sed”.

Hay diferencia entre comer y vivir: comer es una necesidad fisiológica vital, pero no simplemente por comer bien se vive bien. La Eucaristía no es sólo comida, es Banquete, invitación del Padre al Banquete de su Hijo, en el que éste se nos da como manjar. La Eucaristía es un Banquete abierto a todos: no hay exclusividad de invitados, no hay lista cerrada. Recordemos la parábola en la que Jesús compara el Reino de Dios con un Banquete de Bodas (Cf. Mt 22,1-14). Y curiosamente, siendo un banquete gratis, al organizador le sobran mesas, le quedan muchos sitios vacíos. Pero el organizador no se asusta, sino que da una orden a sus criados: ¡salid a los caminos y traer a todos los que encontréis sean de la condición que sean! Y la sala del banquete se llenó.

 

La Eucaristía es “memorial” del Sacrificio de la Cruz

 La Eucaristía es sacrificio, porque es la celebración de la entrega total de Jesucristo “por nuestra salvación”. Así,  rezamos en el Credo.

La Eucaristía es un memorial de la existencia entregada, del sacrificio de Jesucristo por nosotros. No es un sacrificio que nosotros hacemos, no es sacrificar algo o imponernos una penitencia. No es “mi sacrificio”, es el sacrificio del Señor.  Es celebrar y hacer presente la entrega hasta la cruz de Jesucristo, que lo ha dado todo por nosotros. Por eso, este carácter de sacrificio de la Eucaristía no puede ser olvidado, ni oscurecido. Es centro para entender lo que es la Eucaristía. Nos dice el Evangelio: “Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros. Esta copa es la nueva alianza en mi Sangre, que será derramada por vosotros” (Lc. 22, 19-20). Estas palabras manifiestan explícitamente el sentido de sacrificio de la Eucaristía.

Al celebrar la Eucaristía, hacemos presente el único sacrificio que realmente salva, por el que somos perdonados, porque el que vivimos en la libertad del Espíritu Santo, por el que recibimos la promesa de la salvación total y definitiva. Celebramos la Eucaristía que es, según la Carta a los Hebreos, “un sacrificio de alabanza” (13,15) y de acción de gracias.

Invitados  por el sacrificio de la existencia entregada de Jesucristo, la Iglesia, (nosotros somos la Iglesia, si vivimos “en Cristo”) se une a la “entrega” de Jesucristo y quiere que la vida de los cristianos sea también “existencia entregada”, unida a su Señor. Esta unión con el Señor, la proclamamos en la Eucaristía: “Por Cristo, con El y en El, a Ti, Dios, Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”.

 

La Eucaristía es Misterio de Luz

En los nuevos misterios del Rosario, misterios de luz, el Papa Juan Pablo II ha querido recoger el misterio de la Eucaristía. Nos dice la Carta del Papa sobre el Rosario: “Misterio de luz es, por fin, la institución de la Eucaristía, en la cual Cristo se hace alimento con su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino, dando testimonio de su amor por la humanidad «hasta el extremo» (Jn13, 1) y por cuya salvación se ofrecerá en sacrificio”.

En la primera Eucaristía, la Última Cena, Cristo, que sabe llegado el final de su vida, se encuentra en la tarde del Jueves Santo atado por unas cadenas diferentes y más fuertes que las que horas después arrojaron sobre él los soldados romanos. Son las cadenas del amor a su madre, a sus amigos, a sus discípulos, a todos los hombres: a todos aquellos por los que va a derramar su sangre. Y realizó el milagro de quedarse en el pan y en el vino, en la sencillez de algo cotidiano y asequible. La Eucaristía es una locura de amor de un Dios, que se desborda, que se impone por su generosa libertad. ¡Que se hace irresistible para el alma buena!

 

3.2. El desarrollo de la celebración de la Eucaristía, paso a paso

Vamos a recorrer, con sencillez, los diversos pasos de la celebración de la Eucaristía, preguntándonos: ¿Que significación tienen los ritos con los que celebramos la Eucaristía?

 

Ritos introductorios

El sacerdote, sale revestido con los El sacerdote sale revestido con alba (vestidura blanca, signo de su dignidad de bautizado), y sobre ella la estola y la casulla. El color de los ornamentos litúrgicos suele cambiar según los tiempos y fiestas. Hace reverencia a la Cruz y besa el Altar.

Estos ritos iniciales, que culminan con la oración (llamada Colecta) antes de las lecturas, tienen como finalidad ayudar a que los fieles vivan el sentido de comunión, de asamblea, de iglesia, y crear la adecuada disposición para celebrar la Eucaristía y, especialmente, escuchar la Palabra de Dios.

Con cantos de alegría,  nos reunimos “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” y somos saludados y acogidos por quien simboliza a Cristo, el obispo o el sacerdote que preside, revestido con los ornamentos sagrados.

El color de la casulla tiene una honda carga simbólica. Al subrayar el sentido de cada celebración, recuerdan el tiempo litúrgico que se celebra. Por ejemplo, en Navidad y Pascua, se celebra de blanco (que simboliza, luz, pureza, alegría, resurrección); en Adviento y Cuaresma, de morado (signo de conversión y arrepentimiento); el Viernes santo, Pentecostés y fiestas de mártires, de rojo (símbolo del corazón, y de vida, de amor y caridad). En el tiempo Ordinario se usa el verde (signo de la naturaleza, que representa esperanza, paz, serenidad, vida nueva y felicidad). Las festividades de la Virgen, de blanco o azul. 

Nos reunimos como creyentes y somos invitados a reconocer nuestros pecados. Y lo hacemos ante Dios y ante la comunidad. Necesitados todos de la misericordia de Dios. Nuestro corazón, lleno de confianza, se abre a la acción salvadora de Dios. Con este espíritu de fe y esperanza, la asamblea, la comunidad, canta o reza, “Señor, ten piedad, Cristo ten piedad…”,  que fue la oración del ciego del camino que gritó a Jesús para que pudiera ver. 

Después, y como final del rito introductorio, la Oración. Oración no de cada uno, sino de la Iglesia, la misma en todo el mundo. Nos dirigimos al Padre, por medio de Jesucristo en la unidad del Espíritu Santo.

 

Liturgia de la Palabra

El Concilio nos recordó que en el presbiterio hay dos Mesas. La de la Palabra y la del Banquete.

La comunidad se centra en torno a la primera Mesa, la de la Palabra de Dios, que nos llega a través del servicio del lector. El lector lo hace como servidor de la Palabra que no es de él ni que es suya. Presta su voz a Dios que es quien habla. Podemos afirmar que es la Palabra que “baja” desde Dios a la comunidad reunida.

Durante tres años se nos hace presente la Historia de la Salvación. Durante los domingos y solemnidades, tres lecturas enriquecen al pueblo de Dios. Normalmente  la primera lectura es del Antiguo Testamento, que ayuda siempre a entender el Evangelio, la segunda lectura es del Nuevo Testamento, (Hechos de los apóstoles, cartas de los Apóstoles, carta a los Hebreos y Apocalipsis) y la tercera, el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.

Al finalizar la primera y segunda lectura, la comunidad que celebra la Eucaristía y que ha acogido la “Palabra de Dios”, aclama: “Te alabamos, Señor”. Grito sosegado de alabanza, de alegría, de gratitud.

Después de la primera lectura, un salmista  reza un salmo, al que la comunidad responde con una breve aclamación, que se llama antífona. Es la oración de la Iglesia que “sube” hasta Dios, como respuesta a la Palabra recibida.

Por último, se proclama el Evangelio, que es Palabra del Señor Jesús, Palabra que “se hizo carne y acampó entre nosotros”. La Asamblea se pone de pié en actitud de respeto y, por eso, al final, aclama: “Palabra del Señor”. Y la comunidad responde: “Gloria y honor a Ti, Señor Jesús”.

Después de la proclamación del Evangelio, la Iglesia, por el ministerio del Papa, sucesor de S. Pedro, del obispo y de los presbíteros, hace presente y nos explica la Palabra de Dios, que ilumina nuestro momento, nuestras circunstancias y nos interpela. Es lo que se llama, “Homilía”.

Podemos resumir la Liturgia de la Palabra como un diálogo: Dios habla, ama, salva. El hombre, la comunidad o asamblea, acoge, actualiza su fe, responde, vive.

El último momento de la Liturgia de la Palabra es cuando la Iglesia, se dirige a Dios y le presenta sus peticiones. Peticiones por intenciones amplias, ecuménicas: por la Iglesia, por los que tienen responsabilidad en la Iglesia y en la sociedad, por los pobres y marginados, por nosotros… A estas intenciones generales podemos añadir algunas concretas, con motivos más especiales.

 

Liturgia del Banquete

En primer lugar, se preparan los dones: el pan y el vino. Se pueden añadir otros signos, como luces o flores. También se ofrece la colecta, que ayuda a las necesidades de la comunidad y favorecen el ejercicio de la caridad fraterna. Con la preparación de los dones, intensificamos nuestra preparación interior para la celebración del Banquete Eucarístico. Sobre estos dones, la Iglesia dirige a Dios su súplica. Es lo que se llama, la “Oración sobre las ofrendas”.                  

En segundo lugar, y como centro de la celebración, la Plegaria eucarística, cuyo origen está en los gestos y en las palabras del mismo Jesús en la última Cena y en la liturgia hebrea. Indicamos los elementos de esta oración que son básicos, aunque la Plegaria eucarística incluye formas diferentes. En concreto, en España tenemos 20 fórmulas de Plegaria eucarística. Pero todas coinciden en unos elementos comunes:

Prefacio, oración de acción de gracias, dirigida al Padre. Y que el sacerdote introduce invitándonos a “levantar el corazón a Dios”. Al final, toda la asamblea responde con el texto del Antiguo Testamento: “Santo, Santo, Santo, Señor, Dios… bendito el que viene en el nombre del Señor”.

Invocación al Padre para que envíe el Espíritu Santo (epíclesis) sobre los dones presentados, el pan y el vino, para que sean “Cuerpo y Sangre de Jesucristo”. ¿No dijo Jesús que siempre que pidamos el Espíritu al Padre nos lo concedería? Pues la Iglesia lo invoca, porque sin el Espíritu no puede haber Eucaristía.

– Relato de la Institución de la Eucaristía. La Iglesia repite el relato de la Institución de la Eucaristía, repitiendo las palabras de Jesucristo: “tomó el pan, lo bendijo, lo partió y lo dio, diciendo: Tomad y comed… Tomad y bebed…”

La Asamblea vive el Misterio eucarístico. Centra su fe en el más precioso don del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo, presentes realmente en el Pan y en el Vino consagrado. Lo hace en silencio, en adoración, en gratitud.

– La “anamnesis”, el ofrecimiento. Lo que el Padre Dios nos ha entregado, la Iglesia, nosotros, se lo ofrecemos al Padre. No hay ningún otro don que podamos ofrecer sino Aquel, Jesucristo, que se nos ha dado, especialmente con su Pasión, Muerte y Resurrección.

– Segunda invocación al Padre para que nos envíe el Espíritu Santo. Le invocamos para que nosotros, la Iglesia, seamos, nos transformemos, en el Cuerpo  de Jesucristo y que, como El, “seamos victimas vivas para su alabanza”. Esto es, que seamos presencia de Jesucristo, iglesia del Señor, que se entrega en favor de todos. 

Intercesiones. La Iglesia está más allá de nosotros. No termina en los que nos hemos reunido. Por eso, hay diversas oraciones de intercesión y de comunión: por la Iglesia universal y por nuestra iglesia particular, simbolizadas en el nombre Papa y de nuestro Obispo, por los cristianos que han fallecido y por nosotros que esperamos vivir con María y lo santos y con todos los salvados.

– Conclusión de la Plegaria. Como alabanza al Padre, el sacerdote elevando el Pan y el Vino, Cuerpo y Sangre del Señor, exclama: “Por Cristo, con él y en él, a T Dios Padre omnipotente, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos”. La comunidad responde “Amén”,  que significa que nuestra existencia quiere dejarse señalar por la vida de Jesús, por sus sentimientos, el cual, la víspera de su pasión llevó su amor al extremo de ofrecernos su vida.

 

Rito de la comunión

La celebración de la Eucaristía tiene su sentido si termina en la comunión. “Tomad y comed…”, dijo Jesús. Es banquete, y Cristo nos invita a comulgar con Él. Comunión con Cristo en el sacramento, que nos introduce en el Misterio de la Iglesia.

Los ritos que preparan inmediatamente la Comunión son: El Padre Nuestro (oración que nunca debe ser cambiada por ningún otro texto porque es oración enseñada por Jesucristo), el Rito de la paz y la Fracción del pan (Recordemos que los discípulos de Emaús, “le reconocieron al partir el pan”).  Y se distribuye la Comunión, mientras el pueblo de Dios canta y alaba a Dios que hace maravillas.

 

Ritos últimos

Después de un tiempo de silencio, la Eucaristía concluye. El obispo o el presbítero, ora. Es la última oración (Poscomunión) que dirige a Dios y que tiene sentido de gratitud por lo que hemos celebrado y para que sea vida en nosotros.

Después el sacerdote invoca a Dios y nos bendice “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu”.

La despedida nos anima a ser misioneros y anunciadores de esta Buena Noticia. El presidente de la asamblea nos despide: “Podéis ir en Paz”. Y aclama la toda la asamblea, como compromiso: “Demos gracias a Dios”.

 

4. El domingo, día de la familia

La Eucaristía es encuentro de la familia de los hijos de Dios, en torno a la mesa de la Palabra divina y del Cuerpo de Cristo. Podemos decir que el “Día del Señor”, es también el “Día de la familia”.

La familia, como Iglesia doméstica, desempeña también un papel fundamental en la misión de la Iglesia. Está llamada a ser no sólo comunidad creyente sino también comunidad evangelizadora; no sólo comunidad confesante y en diálogo con Dios, sino también comunidad al servicio del hombre. Ya nos dijo Juan Pablo II que “entre los cometidos fundamentales de la familia cristiana se halla el eclesial… En el amor conyugal y familiar -vivido en su extraordinaria riqueza de valores y exigencias de totalidad, unicidad, fidelidad y fecundidad- se expresa y realiza la participación de la familia cristiana en la misión profética, sacerdotal y real de Jesucristo y de la Iglesia”.

La fuerza evangelizadora de la familia se convierte también en testimonio profético: el Vaticano II señala que “la familia es una escuela del más rico humanismo”; y hoy, junto al anuncio explícito del Evangelio, el mejor servicio que puede ofrecer la familia cristiana a los hombres y mujeres del tercer milenio es el testimonio de que, en Jesucristo y con su ayuda, el amor es fiel y definitivo. Mostrar que la fe nos hace más dialogantes, más respetuosos del otro y de su desarrollo integral, más capaces de escucha y de confianza, más fuertes cuando hay que afrontar dificultades.

En el Día del Señor, en torno a la Eucaristía, ampliación de la mesa familiar, se renueva continuamente la misión evangelizadora de la familia; junto a la mesa eucarística, toma más conciencia de que está llamada a ser el lugar primero donde se proclama, se escucha, se medita y se acoge la Palabra de Dios. La familia es un cauce privilegiado para transmitir la fe y los valores cristianos.

 

La familia, lugar apropiado de la “catequesis litúrgica”

La familia es el primer apóstol del domingo, “Día del Señor”.  Ella, si vive con autenticidad la riqueza que encierra el domingo, se convierten en testigo convincente de los misterios centrales de nuestra fe: la celebración de la Eucaristía, conmemoración de la Muerte y Resurrección del Señor.

En la sociedad actual, el domingo es un itinerario de formación cristiana permanente e insustituible. Para los padres, la celebración del domingo, puede ser un medio educativo primordial sobre los valores humanos de la convivencia, el descanso, el diálogo, el ocio; y, a la vez, una ocasión privilegiada para la catequesis litúrgica, preparando en familia la celebración, explicando el tiempo litúrgico, comentando las lecturas que se van a proclamar, revisando la propia vida familiar desde la “exigencia de amor” que comporta la vida eucarística.

La Eucaristía hace que mi familia se encuentre en la gran familia de los hijos de Dios, en torno a la mesa de la Palabra divina y del Cuerpo de Cristo.

Los movimientos y asociaciones familiares, insertados creativamente en la pastoral diocesana, son un instrumento muy valioso al servicio de la renovación de la vivencia del domingo en torno a la Eucaristía.

 

El domingo, “día del descanso en familia”

Hay que recuperar para el domingo el “sentido del descanso”. En una sociedad del “fin de semana” de las vacaciones intensivas, se está perdiendo el sentido cristiano del descanso semanal. La celebración del domingo nos presenta al Dios de la alegría y la convi­ven­cia en contacto con la belleza de la creación.

Por otra parte, la salida de la familia al campo, al mar o a la montaña, es también una ocasión para santificar el día festivo. Lo mismo cabe decir del turismo y de la sana diversión. Los días de fiesta permiten dedicar un tiempo a visitar a los parientes o a los amigos que viven lejos, a los enfermos, a las personas necesitadas de algún tipo de ayuda.

Para asistir a la celebración eucarística debemos dejar nuestras prisas, salir de nuestra comodidad y aun de nosotros mismos, reorganizar nuestra agenda recargada y repleta de compromisos, para buscar hueco al encuentro personal, a las auténticas prioridades, acogiendo a los demás como al propio Cristo. Así, el Señor, por el ministerio del sacerdote, nos explicará de nuevo las Escrituras y partirá para nosotros el Pan de la vida eterna (Cf. Lc 24,25-32).

 

5. La Parroquia: hogar de la celebración del Día del Señor

Nuestra vocación primera es la de Ahijos@. Vocación sellada en el  sacramento del Bautismo, que nos constituye en “hijos de Dios y miembros de su Iglesia” y herederos de la vida eterna. Ser cristiano es pertenecer a una gran familia. Por ello, todo en la Iglesia debe tener un tono familiar. Si llamamos a Dios Padre, nuestro ser y estar en la Iglesia debe estar profundamente marcado por  la familiaridad: sentirnos hijos de un mismo Padre Dios y por consiguiente, hermanos unos de otros.

Hacer de la Parroquia un “hogar familiar”

La participación en la Eucaristía es una exigencia vital también para todos los miembros de la comunidad cristiana. La Eucaristía dominical es la gran cita de los miembros de la familia de Dios. Y la Parroquia se convierte el domingo en “la gran casa familiar” a la que somos convocados para celebrar nuestra fe y afianzar nuestra vida cristiana.

Al llegar el domingo, la Iglesia convoca a todos sus hijos sin excepción, aunque sabe que a muchos les es muy difícil e incluso imposible asistir a la Eucaristía. Por esto, ha introducido la práctica de las misas vespertinas y, después, la posibilidad de anticipar la celebración al sábado y a la víspera de las fiestas. La celebración del domingo y de las solemnidades comienza ya en la tarde del día precedente. Por consiguiente todas estas misas han de cuidarse con esmero y se tienen que distinguir por el tono festivo y por la calidad de la participación activa, interna y externa, de las celebraciones de los restantes días de la semana. La liturgia será siempre la del domingo o fiesta y nunca podrá faltar la homilía.

La Eucaristía del domingo ha de ser verdaderamente la fuente de donde brota la vitalidad de una parroquia o comunidad. La celebración dominical de la Eucaristía es el acto central de la comunidad cristiana, de la familia parroquial.

 

Promover y renovar una pastoral parroquial del domingo

La celebración dominical de la Eucaristía es el acto central de la comunidad cristiana. Tenemos que plantearnos cómo hacemos efectiva en estos momentos esta afirmación, en la que todos estamos de acuerdo, pero cuyas consecuencias a lo mejor no vemos con suficiente claridad.

Esta condición central de la Eucaristía dominical en la vida de la Iglesia y de los cristianos nos obliga a cuidar atentamente todos los detalles de su celebración. Señalamos una serie de sugerencias, indicadas en el documento de nuestros obispos: El sentido evangelizador del domingo y de las fiestas.

Cuidar los elementos participativos. Entre los elementos participativos que quizás sea hoy más necesario cuidar, están la acogida de los que llegan, para que se logre una mayor unidad entre los presentes, la elección de los cantos de acuerdo con la calidad teológica, musical y pastoral, el respeto de los silencios establecidos en la misma celebración, para que exista el debido equilibrio entre actitudes internas y acción exterior. Asimismo, se deben distribuir los distintos ministerios o funciones litúrgicas, especialmente los que pueden desempeñar los fieles laicos.

Conviene realizar todos los gestos y utilizar todos los símbolos que están recomendados y que son tan elocuentes, como la aspersión del agua los domingos, el incienso, las luces, las flores, y procurar las mejores condiciones materiales posibles de iluminación, acústica y cierta comodidad, para que toda la celebración sea una verdadera fiesta en honor del Señor y para cuantos asisten.

La Presidencia y la actuación de los diversos ministerios. La presidencia de la Eucaristía ha de constituir la principal tarea ministerial de los sacerdotes los domingos y las fiestas, porque es un servicio a Cristo, a quien representan ante los fieles, y también a la comunidad, a la que han de guiar y ayudar para que se una al Sacrificio eucarístico. El sacerdote no se puede limitar a realizar unos ritos y a pronunciar unos textos de manera impersonal o rutinaria. Tiene que ser un verdadero animador de la participación plena de toda la asamblea, en la que él mismo está inmerso.

Este modo de proceder afecta también a todos los que desempeñan algún ministerio o función litúrgica, como el diácono, el comentarista, los lectores, cantores, acólitos, los encargados de la acogida de los fieles, etc. Es muy importante que todos conozcan su papel en la celebración y se preparen convenientemente, tanto desde el punto de vista espiritual como técnico.

La liturgia de la Palabra. Dentro de la celebración eucarística, para que ésta alimente la fe y la vida cristiana, se ha de cuidar con especial esmero toda la liturgia de la Palabra. La lectura de los textos propuestos por el Leccionario de la Misa se realizará por lectores bien preparados, que ejerzan su función con la conciencia de ser mensajeros y portavoces de la Palabra divina al servicio de toda la asamblea. El lector litúrgico ha de leer con la pausa y el tono adecuados, con claridad, expresión y convicción, pero sin declamar, manifestando incluso en su compostura exterior que es el primero en aceptar la palabra que proclama.

Un elemento muy importante de la liturgia de la Palabra es el salmo responsorial. No es una mera respuesta de la asamblea a la lectura anterior, sino la meditación cantada o escuchada de la Palabra divina. Por eso el salmo a semejanza de las lecturas bíblicas, no puede ser sustituido nunca por cualquier otro canto. El salmo se canta al modo responsorial por el salmista, o es recitado por un lector, participando la asamblea por medio de la respuesta. La Palabra de Dios ha de ser acogida por toda la asamblea con atención religiosa y en medio de un clima conveniente de silencio y de meditación. Para favorecer este clima es útil que antes de las lecturas se haga una breve monición introductoria que ponga de manifiesto el contenido esencial del texto y la actitud con que debe ser escuchado.

La homilía. La homilía sobresale entre todas las formas del  ministerio de la Palabra, como anuncio del Evangelio de Jesucristo a los hombres, pero tiene unas características especiales al producirse en  un contexto litúrgico y estar dirigida, ante todo, a los creyentes que toman parte en la celebración.  Ahora bien, en las presentes circunstancias, la homilía ha de tener también una clara dimensión  evangelizadora y catequética, lo cual no quiere decir que se convierta en una catequesis. La homilía, siguiendo las lecturas que se proclama a lo largo del año litúrgico, permite recorrer el  itinerario propuesto por la catequesis para conducir a los fieles a la celebración de la fe y al testimonio de la vida cristiana.

Es muy importante que los ministros de la homilía se preparen bien, con el estudio y la oración, para realizar este ministerio y no ser predicadores vacíos y superfluos que no escuchan en su interior la Palabra divina (Cf. DV 25). Los fieles tienen derecho a escuchar en toda su verdad esta Palabra de la boca de los ministros (Cf. PO 4; LG 34). El deber de éstos es enseñar no su propia sabiduría sino la Palabra del Señor y comunicar al pueblo cristiano los inmensos tesoros de la Sagrada Escritura (Cf. PO 4; DV 25).

En las parroquias de barrios populosos y con más de una misa, sería conveniente que hubiese una misa especialmente preparada y celebrada con peculiar solemnidad, en la que puedan participar los miembros más comprometidos con la pastoral parroquial.

 

“Vivir según el domingo”

                  Los santos de todos los tiempos nos han dejado testimonios del influjo profundo que la celebración de la Eucaristía ha ejercido sobre su estilo de vida. San Ignacio de Antioquia presentaba a los cristianos como los que “viven según el domingo”. Esta fórmula del gran mártir ilumina claramente la relación entre la realidad eucarística y la vida cristiana en su cotidianeidad. La costumbre característica de los cristianos de reunirse el domingo para celebrar la resurrección de Cristo es el hecho que define también la forma de existencia renovada por el encuentro con Cristo.

                  Esta fórmula de San Ignacio subraya el valor ejemplar que este día santo tiene respecto a cualquier otro día de la semana: “en efecto, su diferencia no está simplemente en dejar las actividades habituales, como una especie de paréntesis dentro del ritmo normal de los días. Los cristianos siempre han vivido este día como el primero de la semana, porque en él se hace memoria de la radical novedad traída por Cristo. Así pues, el domingo es el día en que el cristiano encuentra esa forma eucarística de su existencia y a la que está llamado a vivir constantemente. Vivir según el domingo quiere decir vivir conscientes de la liberación traída por Cristo y desarrollar la propia vida como ofrenda de sí mismos a Dios, para que su victoria se manifieste plenamente a todos los hombres a través de una conducta renovada íntimamente”.

 

CUESTIONARIO

para la reflexión personal y el diálogo de grupo

 

  1. La Comunidad celebra a su Señor
  • “La comunidad que celebra a su Señor, es una comunidad viva, que evangeliza con su testimonio, y a la vez es evangelizada pues alienta  continuamente su deseo de ser más santa y parecerse a su Señor. Es una comunidad preocupada por el hermano como signo de la caridad que brota de la Eucaristía y deseosa de ampliar la  mesa eucarística, abriéndola a los que aún no saborean este manjar”. Comentamos estas frases.

 

  1. El domingo, “Día del Señor”
  • ¿Gira mi semana en torno al domingo, como  “Día del Señor” o simplemente espero “el fin de semana” para descansar?
  • ¿A qué dedico mi tiempo de descanso? ¿Sé compartir mi tiempo con la familia, con los enfermos, con los necesitados?

 

  1. La asamblea eucarística, centro del domingo
  • ¿Nos sentimos suficientemente formados sobre el sacramento de la Eucaristía, el  Misterio central de nuestra fe? ¿Cómo profundizar?
  • ¿Preparo personalmente o en familia la Eucaristía del domingo, leyendo previamente las lecturas y algún comentario? Me comprometo a hacerlo, aprovechando el Librito del Evangelio del domingo.

 

  1. El domingo, día de la familia
  • Con frecuencia, los hijos, cuando llegan a la adolescencia, suelen tener reticencias para acompañar a los padres a la Iglesia ¿cómo debemos tratar la negativa de los hijos a ir a misa el domingo?
  • ¿Cómo orientar la celebración del domingo y de las fiestas con un talante más familiar, promoviendo el encuentro familiar, la diversión conjunta y la celebración de la fe?

 

  1. La Parroquia: hogar de la celebración del “Día del Señor”
  • ¿Como alentar en la Parroquia un estilo de trato más familiar y acogedor, promoviendo unas relaciones más familiares entre los que celebramos la fe? Propuestas concretas.
  • La Eucaristía del domingo es el centro de la vida de la Parroquia: ¿Qué fallos debemos corregir? ¿Qué propuestas hacemos para mejorar la celebración del domingo y de las fiestas litúrgicas en nuestra Parroquia?