tema II - El año litúrgico

Este año seguimos el CICLO B del Año Litúrgico

El tiempo litúrgico de la Iglesia tiene su fundamento en la misma realidad del tiempo cósmico, con sus estaciones, el ritmo de los días, las semanas, los años. Pero acoge también la dimensión bíblica del tiempo como espacio lleno de la presencia del Señor de la creación y de la historia. El Año litúrgico no es simplemente un “calendario” es sobre todo la memoria de una “historia de salvación”.

En Cristo el tiempo adquiere su dimensión definitiva; la irrupción de lo eterno en lo temporal, la presencia del Dios-con-nosotros en el devenir de los días y de los años. Así, la historia no es simplemente la sucesión de hechos narrados de una vez para siempre, sino que se convierte en historia sagrada, que narra un acontecimiento siempre vivo: la plenitud de la salvación de los hombres, que Dios realiza de una vez para siempre por medio de su Hijo. El tiempo se convierte en manifestación de la presencia de Dios en medio de nosotros.

 

1. El Año litúrgico: memoria de los misterios de la vida del Señor

A lo largo de cada año, la Liturgia de la Iglesia celebra el misterio de nuestra salvación, recorriendo los misterios de la vida de Cristo, el Señor. Durante el curso de un año, la Iglesia nos hace entrar en contacto con cada uno de los misterios de la vida de Cristo para actualizar en nosotros la obra de la salvación. Se recorre así la vida histórica de Jesús, cada uno de sus acontecimientos, hechos y palabras portadoras de gracia para el hombre. De este modo, Cristo ocupa siempre el centro y el protagonismo del Año litúrgico.

El Año litúrgico tiene la capacidad de abrirse a todos los acontecimientos de la historia de la salvación celebrados en forma apretada y sintética en un año solar que cíclicamente vuelve para ofrecernos el gozo y el estupor de una memoria perenne, la de Cristo que llena de sentido el tiempo de la Iglesia y de la humanidad, proyectándonos a la vez hacia un solo pasado -el de la historia de la salvación que se concentra en Cristo- y hacia un solo futuro -el del retorno del Señor-. Desde ellos, pasado y futuro, el presente que vivimos en la Iglesia tiene pleno sentido.

Con la celebración de los misterios del Señor, a lo largo del Año litúrgico, los cristianos somos invitados por la Iglesia a incorporarnos al misterio de la salvación reproduciendo en nosotros la “imagen del Hijo de Dios” hecho hombre (Cf. Rom 8,29; 1Cor 15,49). Y del mismo modo que Cristo descendió de los cielos hasta las profundidades de la muerte en la cruz para desde ella ascender, resucitado y glorioso, junto al Padre, así también la Iglesia reproduce en nosotros, por medio de los sacramentos, ese descenso a la muerte para resucitar con Cristo a la nueva vida (Cf. Rom. 6,3; Col 3, 1-4).

 El Año litúrgico: un pedagogo que nos ayuda a ser santos

El Año litúrgico se plantea como una pedagogía de la santidad: la necesidad de que a la celebración externa de los misterio de Cristo, acompañe la actitud del corazón y el obsequio de la voluntad de cada cristiano de parecerse a su Señor. “Sed santo, porque yo soy santo” (Lev 19,2; Mt 5,48); es la norma suprema de la perfección que se pide al que participa en el culto. Por eso, el Año litúrgico, propuesto a los fieles como medio de glorificación de Jesucristo y camino de fidelidad al Padre en el Espíritu, ha de ser necesariamente medio y ocasión para imitar al Señor a la vista de los misterios de su vida que se conmemoran y reviven. Los misterios de la vida de Cristo desplegados a lo largo del Año litúrgico y que están presentes y operantes en la liturgia (Cf. SC 7; 102), son el prototipo y el modelo de cuanto acontece en el nacimiento, desarrollo y culminación del “ser cristiano”, dado por gracia a cada uno en nuestro Bautismo (Cf. Rom 6,3-6).

El Año litúrgico es un “proceso iniciático”, que nos adentra en los misterios de nuestra fe. El Año litúrgico posee una peculiar fuerza, no sólo expresiva y simbólica, sino sacramental y eficaz, para alimentar la vida cristiana y hacer de los hombres otros “cristos”, otros hijos de Dios y herederos de la vida eterna (Cf. Ga 4,6-7; Rom 8,14-18).

El Año litúrgico comienza el domingo Iº de Adviento y termina con la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Domingo tras domingo, semana tras semana, día tras día y hora tras hora, Cristo actualiza su obra salvadora en el tiempo, entregándose a su Iglesia para santificarla (Cf. Ef.5, 26-27).

 

2.El Leccionario Litúrgico: La Palabra de Dios

La Sagrada Escritura, que narra y expone el sentido de los Misterios de la esos de la vida de Jesús, es proclamada de manera gradual y ordenada en la celebración litúrgica siguiendo el ritmo de los tiempos establecidos. Esto es justamente el Leccionario de la Palabra de Dios.

 La doble mesa: de la Palabra y del Pan eucarístico

Hay quien habla de una doble mesa en la Eucaristía: la mesa de la Palabra y la mesa del Pan eucarístico; también podríamos afirmar que se trata de una sola mesa con dos momentos celebrativos fundamentales: la escucha de la Palabra y la comida del Pan eucarístico. Al servicio de la mesa de la Palabra está el Leccionario.

Para vivir el misterio de Cristo a lo largo del Año litúrgico, la Iglesia ha tomado en las manos la Escritura, y, como el padre de familia que da a sus hijos el alimento oportuno (Cf. Mt 24,45), extrae de ella lo nuevo y lo viejo (Cf. Mt 13,52). Así, sigue el ejemplo de Jesús, que continuamente remitía a las Escrituras para referirse a su propia persona y a la obra de salvación para la que había sido enviado (Cf. Lc 4,21; Mc 12,10; Mt 21,42; Jn 5,39). Por eso, después de la resurrección explicó a los discípulos de Emaús “lo que a él se refería en todas las Escrituras, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas” (Lc 24,27); y estando con todos a la mesa, les recordó lo que ya les había dicho: “que tenían que cumplirse todas las cosas escritas en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”, abriéndoles la inteligencia para que entendiesen las Escrituras (Cf. Lc 24,44-45).

 El Leccionario litúrgico, algo más que un libro

El Leccionario es, por tanto, un instrumento pastoral de primer orden en el que se ha condensado la experiencia vital de la Iglesia a la hora de leer y meditar la Palabra de Dios para ponerla a disposición de los fieles. Por ello, como libro litúrgico, es un signo sagrado que recibe respeto y veneración, ya que el Leccionario es el modo normal y habitual que la Iglesia sigue para encontrarse con la Palabra de Dios viva y eficaz, cuya presencia descubre en la Sagrada Escritura (Cf. DV 10;  25).

Bajo la guía del Espíritu Santo, que tiene la misión de “recordar” cuanto se refiere a Jesucristo y el misterio de salvación operado en su Iglesia, la liturgia profundiza en las Escrituras sobre la base del Evangelio. El Leccionario es lo que hace posible la contemplación, la vivencia y la celebración de los distintos misterios de la vida de Cristo a lo largo del Año litúrgico. Sin el Leccionario no podríamos penetrar en las riquezas del conocimiento de Cristo. Sin la ayuda insustituible del Leccionario no sería posible celebrar el Año litúrgico.

 La lectura central es la proclamación del Evangelio

La proclamación litúrgica de la Palabra, especialmente la que tiene lugar en la celebración de la Eucaristía, se realiza de manera que se sitúa a Cristo y a sus hechos y palabras de salvación en el centro de la celebración. La primacía la ocupa la lectura del Evangelio, que se lee en último lugar, estando toda la asamblea de pie -realizándose, en las fiestas, un rito de procesión, luces, incienso, bendición, beso del libro- como signo de respecto y veneración-. La lectura evangélica recibe profundidad histórica y perspectiva profética con algún pasaje del Antiguo Testamento, que se lee en la primera lectura. En él se narra la Promesa, la larga marcha de la preparación de la venida de Cristo, cantada por Salmos, profetas y otros libros históricos y sapienciales.

Los días de fiesta, especialmente los domingos, hay una tercera lectura, entre el Antiguo Testamento y el Evangelio: se trata de escritos del Nuevo Testamento, bien de las Cartas de Pablo u otro apóstol, bien de los Hechos de los Apóstoles o del Apocalipsis. Estos escritos del Nuevo Testamento nos trasmiten el testimonio existencial de quienes vieron, escucharon y palparon al Hijo de Dios (Cf. 1Jn 1,1-3) en su vida terrena y después de la resurrección, y trasmiten con fidelidad lo que han visto y oído (Cf. 1Jn 4,14): ellos son los “testigos”, los primeros cristianos, de los que queremos apropiarnos su entusiasmo evangelizador.

Los otros textos del Misal, las oraciones y prefacios, acompañan como una reflexión y oración comunitaria las ideas centrales de las lecturas litúrgicas. La vivencia del Año litúrgico se apoya también en estos textos, palabra de la Iglesia iluminada por el Espíritu, escritos en ocasiones por grandes Padres y maestros de la fe, que han dejado en ellos una extraordinaria riqueza doctrinal y espiritual.

 Este año seguimos el ciclo “B”, de la mano del evangelista Marcos

Todos sabemos que la palabra evangelio significa “buena noticia”. Pero para nosotros la palabra Evangelio nos trae enseguida a la memoria la “Buena Noticia de la Salvación traída por Jesucristo el Señor”: Jesucristo es nuestro Evangelio, nuestra Buena Noticia.

De este acontecimiento, central para nuestra fe, tenemos cuatro versiones,  por cuatro evangelistas que explican -como una gran catequesis- a cuatro comunidades la vida y las palabras de Jesucristo el Señor. Mateo, Marcos, Lucas y Juan, no pretenden hacer una biografía de Jesús de Nazaret, sino transmitir a las generaciones futuras la Buena Noticia de la presencia de Jesucristo, Señor y Salvador, en medio de nosotros. Cada evangelista narra esta historia de salvación teniendo en cuenta la comunidad a la que va dirigida.

La Iglesia ha distribuido la lectura de los tres evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) de una forma sucesiva, en tres ciclos: ciclo A (San Mateo), ciclo B (San Marcos), ciclo C (San Lucas). Ellos se van sucediendo cada año. El Evangelio de Juan aparecen en los tres años. En este nuevo Año litúrgico, seguimos el ciclo “B”, y leeremos fundamentalmente el Evangelio de San Marcos.

 El evangelio de San Marcos plantea una gran pregunta: ¿Quién es Jesús?

El Evangelio de Marcos tiene unas características propias: pretende mostrar toda la historia de Jesús, a fin de que los que escuchen la predicación de esta Buena Noticia, reconozcan en Jesús de Nazaret al Mesías esperado, Jesucristo Hijo de Dios. Así se expresa ya desde el primer versículo del Evangelio, donde Marcos escribe: “Comienzo del Evangelio de Jesucristo Hijo de Dios”.

En el Evangelio de Marcos hay una gran pregunta: ¿Quién es Jesús? Se lo pregunta la gente (1,27;6,2), los discípulos (4,41), los adversarios (6,14ss). El mismo Jesús plantea esta pregunta: ¿Quién decís que soy yo? (8,27); sólo Pedro da la respuesta exacta: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios” (8, 29). Previamente Dios nos había presentado a Jesús como su Hijo:“Tu eres mi Hijo amado” (1,11)

Después de la primera confesión de fe en Jesús como Cristo, el Hijo de Dios, por parte del apóstol Pedro, el evangelista Marcos nos aclara ahora en qué sentido Jesús es el Cristo, el Mesías: no ciertamente en el sentido que se esperaba la gente o los discípulos, como un caudillo triunfador (8,31ss; 9,30ss; 10,32ss); es el Cristo como Hijo de Dios crucificado y resucitado. Así lo refleja la profesión de fe del centurión pagano al pie de la cruz: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (15,39).

Marcos, además de la pregunta sobre Jesús, nos plantea otra segunda pregunta. ¿Quién es el discípulo? La respuesta empieza a dibujarse con estas tres secciones primeras: el discípulo es llamado por Jesús (1,16-3,6), es convocado para formar un grupo (3,7-6,6a) y es enviado en misión (6,6b-8,30). El discípulo, en la catequesis de Marcos, es el que recorre todas las etapas del camino que siguió Jesús, desde el bautismo hasta la cruz, hacia la vida nueva de la resurrección.